el sacramento de la penitencia
Por el sacramento del bautismo llegamos a ser hijos de Dios. La Eucaristía alimenta esta vida al unirnos íntimamente con Jesucristo y los unos con los otros. Pero a menudo experimentamos con dolor que no respondemos a las exigencias de Jesucristo, e incluso que estamos en contradicción con lo que somos como cristianos. En vez de dejarnos llevar por el espíritu de Cristo, nos dejamos llevar por el espíritu de este mundo. A pesar de todo esto, la misericordia de Dios es mayor que todos nuestros pecados e infidelidades. La llamada a la penitencia y el anuncio del perdón de los pecados es uno de los grandes temas de la predicación de Jesús y de los apóstoles. Esto ya lo preparó Juan Bautista, quien predicaba un bautismo como signo de conversión para obtener el perdón de los pecados. Jesús reiteró su misión de anunciar a todos los pueblos «la conversión a Dios por el perdón de los pecados». Esto no se puede olvidar porque comportaría traicionar el Evangelio. Dios mismo es quien, en Jesucristo, ha situado «el momento del perdón» en la vida de todas las personas. Juan Pablo II recordaba que «en el sacramento de la reconciliación cada hombre puede experimentar de forma singular la misericordia, es decir, el amor que es más fuerte que el pecado». Cristo ha instituido el sacramento de la penitencia para todos los miembros pecadores de su Iglesia, sobre todo para los que, después del bautismo, han caído en pecado grave y así han perdido la gracia bautismal y han herido la comunión eclesial. Los Padres de la Iglesia presentan este sacramento del perdón como «la segunda mesa de salvación después del naufragio que es la pérdida de la gracia». Los evangelios nos dicen que Jesús perdonaba los pecados a personas en concreto, diciéndoles: «Tus pecados te son perdonados». Esta fue su principal misión, porque es nuestro salvador. El cristiano de hoy y de siempre necesita el sacramento de la reconciliación porque es pecador. San Ambrosio afirma que la Iglesia «posee el agua y las lágrimas, esto es, el agua del bautismo y las lágrimas de la penitencia». La victoria sobre el pecado que Cristo nos ha dado, la Iglesia la manifiesta, en primer lugar, por medio del sacramento del bautismo, y después por el sacramento de la penitencia. Pero surgen hoy una serie de preguntas ante este sacramento: ¿Por qué la confesión personal íntegra es un elemento esencial de este sacramento? ¿Por qué confesarse ante un hombre? ¿Por qué no podemos obtener el perdón de los pecados directamente de Dios? No podemos olvidar que la íntima conversión de corazón se exterioriza por la confesión hecha a la Iglesia. La relación conversión-confesión es de capital importancia para la comprensión del sacramento de la reconciliación en su estructura fundamental. Los cristianos no podemos olvidar la «mediación de la Iglesia» para que Dios perdone nuestros pecados. El Señor resucitado dijo a sus apóstoles: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes perdonéis los pecados les quedarán perdonados; a quienes se los retengáis les quedarán retenidos». La mediación de la Iglesia es querida positivamente por Jesucristo y forma parte de su pedagogía salvífica. El Catecismo de la Iglesia católica afirma que «la confesión de los pecados, incluso desde un punto de vista simplemente humano, nos libera y facilita nuestra reconciliación con los demás». Por la confesión la persona mira cara a cara los pecados de que se ha hecho culpable, acepta su responsabilidad, y así se abre de nuevo a Dios y a la comunión de la Iglesia». Para obtener el perdón de Dios se hace necesario recurrir al sacerdote quien, como ministro del sacramento, no es un hombre cualquiera, ya que personifica al mismo Jesucristo. El obispo san Paciano, ya en el siglo IV, daba esta razón: «Tú dices que sólo Dios puede perdonar. Sí, sólo Dios, pero lo que hace por medio de los sacerdotes lo hace Él por su poder». De acuerdo con el mandamiento de la Iglesia, «todo fiel que ha alcanzado la edad de la discreción tiene la obligación de confesar los pecados graves de los que tiene conciencia, al menos una vez al año». El Concilio Vaticano II afirma que «el sacramento de la penitencia es de gran utilidad para fomentar la vida cristiana». La eficacia de este sacramento consiste en devolvernos la gracia de Dios y en unirnos a Él en una suprema amistad. * Cardenal Arzobispo de Barcelona






















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