EN LA CALLE HACE FRÍO
De acuerdo, hay gente por la calle. Pero, ¿consumen? Las rebajas de enero se han adelantado hasta la Purísima. Siempre sospechamos que los comerciantes extraían un margen de beneficio obsceno gracias a la industria navideña y estas «ofertas especiales» (qué estúpida reminiscencia del proteccionismo antañón este eufemismo, ¿no?) confirman la teoría: los precios estaban inflados al calor de la bonanza. Pero, vuelvo a preguntar, ¿consumimos? Uno pasea, incluso en días de perros como los del fin de semana, por el centro y está atestado de ¿viandantes o consumidores? También hace medio siglo -pasadas las penurias de la posguerra- paseaban nuestros abuelos por calles concurridas, frente a escaparates repletos de género apetecible. No compraban. Pegaban la nariz, anhelantes, a la vitrina, admiraban lo inalcanzable, se apiadaban de los pedigüeños, acumulaban rencor frente a los pocos pudientes que sí echaban mano de la billetera. Hoy son más los favorecidos pero provocan el mismo rechazo a las legiones de contribuyentes depauperados (inmigrantes, mileuristas, víctimas de un ERE, galeotes del euribor) que se preguntan de dónde salen los millones de euros para las pagas extras de los empleados en la Administración. Dentro de un año por estas fechas, el asunto habrá degenerado en revueltas graves porque no hay sistema que soporte semejante desequilibrio.




















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