Cien años del maestro en el recuerdo de Eugenio Santos, guardián de su legado

«Julián Santos ha sido siempre lo que quiso ser: músico»

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7 Diciembre 08 - Oché Cortés

MURCIA- Además de músico, empresario, relaciones públicas, promotor incansable e ideólogo del orgullo de marca de su abuelo, Eugenio Santos es un tipo indestructible. Una fuerza natural que te pasa por encima como si fuera el nuevo tsunami jumillano del siglo veintiuno. Algo parecido a su antepasado, el músico Julián Santos, que así le gustaba que lo llamaran, un genio musical inigualable, casi un eslabón perdido: «Lo dice el musicólogo y compositor Salvador Martínez, que en España el impresionismo musical no existió. Julián Santos es el único músico impresionista español. Por eso decimos que es un eslabón perdido». Casi como éste nietro del artista sobre quien se mezclan la sangre azul de sus antepasados, la tinta fresca de la Suite Santa Ana y el caldo de la Monastrell: «Es verdad que desciendo de aristócratas» -lo dice Eugenio con una timidez casi adolescente-. «Mi bisabuela era la Baronesa del Solar. Su hija se casó con mi abuelo Julián, a lo que se opuso siempre la familia por considerar que no tenía el rango social de su hija, cosa muy de la época». Imaginen el cuadro. Un cómico triscando entre la nobleza. Casarse con un músico a principios del veinte era casi como ahora, pero mucho peor. El matrimonio sufrió mucho: «Si la familia aristócrata hubiera apoyado a mi abuelo, la promoción de su música hubiera sido innecesaria, porque al haber gozado de otras oportunidades, al menos su obra se conocería, para bien o para mal. La historia romántica de los artistas siempre se escribe de la misma manera y salvo excepciones, el creador nunca disfruta de su obra». Eugenio lleva recopilando la obra de Santos desde el 84 por una anécdota: «Un día estaba viendo la televisión con mi padre y mi abuelo, que ya estaba bastante delicado y con lagunas. En uno de esos devaneos, le dijo a mi padre que tenían que estrenar La Niña del Boticario. Mi padre le dijo que si, pero que primero se pusiera bueno. Julián Santos no estrenaba una obra lírica desde el 59. Así que me miró y me dijo, si no la estreno yo, lo harás tú». Eugenio recogió el encargo y lo tuvo en la cabeza hasta que vio la obra sobre el escenario. A eso también ayudó Ginés Carrión, un íntimo amigo de su abuelo que regentaba un restaurante de Jumilla y anteriormente la barra del Casino. Este hombre atosigó literalmente a Eugenio para que montara la obra, cosa que ocurrió en el año 88, cinco años después de la muerte de Julián Santos. Y diez años después, un despliegue de actos escriben el libro del Centenario del músico jumillano: «No soñábamos con ésta celebración, las instituciones están volcadas y el público llena los patios de butacas». Zarzuelas, música ligera, operetas, música religiosa, bandas, exposiciones y un gran libro que lo recuerda». Eugenio se enciende cuando habla de todo lo que está viviendo este año. Supongo que imagina lo que pensaría el abuelo si pudiera verlo. Entonces, me cuenta la anécdota del brasero y la partitura, ése momento entre al abuelo y el nieto con final infeliz: «un día me mandó a por picón para el brasero. Cuando llegué, avivó la llama con una partitura. Así te haces una idea de la poca esperanza que tenía mi abuelo». Sin embargo, hace un mes ví a Roque Baños estrenando su obra en el Teatro Vico de Jumilla en medio de un mar de emociones que iban y regresaban del escenario al patio de butacas: «Con Roque Baños se aprende música tomando una cerveza. Cuando hago un arreglo o escribo alguna pieza, se la enseño y, de pronto, te hace una indicación y todo cambia. Es el mejor compositor de España y sus primeras clases las recibió de mi abuelo. Muchas veces me comenta que en Goya y otras obras siente la posesión de Julián Santos». Me lo creo. He visto al músico de Jumilla en el alma de lo que escribe Roque. Habría que imaginar a Julián Santos en estos tiempos, con tanto sampler, música de cine y Premios Goya. Lo mismo se adelantó medio siglo a la cosa. Pero viendo a Eugenio Santos y ésa tonelada y media de ganas que le echa para que no se pierda la memoria de D. Julián, me lo imagino de chaval en una foto en blanco y negro, con pantalones cortos, siempre en medio de las conversaciones de los mayores, captando ambiente, respirando humo y bebiendo música de la de verdad, la del músico, la de su abuelo Julián, que suena a gloria.

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