La matanza
En «Sweet Caroline», esa canción hecha para cantarla entre compadres cuarentones que se sostienen apoyados en la barra de un bar, se dice con mucha razón: «Entonces los buenos tiempos no parecían tan buenos». La nostalgia edulcora la vista atrás y acaba ornamentando lo que, en un pasado que se tornara presente, no sería más que un día de infancia en el que todo parece estar en orden. Incluso, barnizando de hermosura la modestia de las casas en las que entraba, por vez primera, un televisor en color. Las grandes gestas de mi generación, que carece de hazañas a las que referirse más allá de si el 23-F acudimos a la escuela por decisión paterna, no tienen materia prima para que las versifique Espronceda. Pero curado de nostalgias y algunos otros estados carenciales, yo digo que ésta veloz construcción del destino donde se está arrinconando el «toque humano» resulta claustrofóbica, patológica. En «Albertville», como en otros institutos de estas últimas dos décadas donde un adolescente se convierte en un kamimaze de consola, todo latía bajo ese orden germano en el que los relojes de pulsera no se retrasan. Pero, aunque se expongan en los medios explicaciones de prontuario para esta nueva matanza, las plantas carnívoras no brotan por generación espontánea. También aquí, donde la ex novia (14 años) del asesino de Marta del Castillo ha confesado que ayudó a lavar las huellas y luego «pastoreó» en las televisiones para decir que era ajena al movidón. Para nuestra generación, la muerte se presentaba como un asteroide que colisiona con el patio del colegio: se ha muerto la madre de Antonio. Los padres siempre dejan (dejamos) para después la respuesta de por qué hay que morirse. Ayer fue Travis Bickle, el depresivo «taxi driver» de De Niro, el que se convirtió en un adolescente alemán. Y ustedes perdonen, aquellos tiempos sí eran tan buenos.




















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