José López Guzmán / Profesor de Bioética de la Universidad de Navarra
La píldora una bomba hormonal con riesgo de aborto
Las altas cifras de embarazos no deseados se han convertido entre las jóvenes en un problema de salud pública que requiere una solución. Ante la decisión de facilitar la píldora del día siguiente me gustaría hacer varias observaciones. La primera, que la intercepción postcoital no es un método de rutina, sino absolutamente excepcional.
Hay que tener presente que estamos ante una auténtica bomba hormonal: con la píldora del día siguiente la usuaria toma, en un solo día, de 6 a 30 veces la cantidad de levonorgestrel que se encuentra en la dosis diaria de un anticonceptivo hormonal oral. Además, no hay que olvidar sus efectos secundarios (náuseas, fatiga, dolor abdominal, vértigo,…). Estos han llevado a las autoridades sanitarias americanas a no autorizar su utilización sin prescripción. Por ello, la estrategia basada en la trivialización de la píldora del día siguiente es erróneas y peligrosa, ya que induce, principalmente en jóvenes, a un uso frecuente.
La segunda, que la píldora del día siguiente es un método de intercepción postcoital que tiene por objetivo prevenir la implantación del embrión en el útero, en el caso de que se haya producido la fecundación. De su definición se deduce, claramente, que no es un método anticonceptivo, ya que su acción principal va dirigida hacia el embrión. Por lo tanto, cuando se recurre a la píldora del día siguiente se asume, voluntaria y deliberadamente, el riesgo de provocar un aborto.
No hay duda científica sobre el hecho de que el embrión es el estado inicial de un ser humano y sobre la realidad de que éste surge con la fecundación. Parece que quieren sumarse a esta penosa situación que, en la práctica, supone considerar a un ser humano como un mero, desechable amasijo de células.
En último lugar, conviene no olvidar que en distintos estudios se ha demostrado que los adolescentes que utilizaban la píldora del día siguiente no reducían el número de embarazos no planeados, posiblemente como consecuencia de asumir mayores riesgos en sus relaciones sexuales. Por lo tanto, la trivialización en la distribución de la píldora del día siguiente no es un buen camino para reducir la incidencia de estos embarazos.
Las razones señaladas tienen el suficiente peso como para pensar en un cambio de estrategia, depositando menos confianza en la química y más en la educación. Da la impresión de que las políticas dirigidas a los jóvenes parten de que estos no son capaces de asumir responsabilidades, y que las consecuencias de sus actos se pueden aliviar tomando simplemente un producto químico. Ello no es más que una nueva manifestación de un fenómeno que se extiende poderosamente en nuestra sociedad, la medicalización de la vida.
Mi propuesta es que hay que combatir esa medicalización (perjudicial para la salud, estéril para la necesaria maduración como persona) con educación. En el caso que nos ocupa, con una educación sexual seria y responsable, centrada en el respeto a la unicidad de la dignidad humana (que integra la dimensión corporal, afectiva, racional, y espiritual de la persona).
Por el contrario, los modelos exclusivamente higiénico-sanitarios caen en una verdadera deshumanización, al presentar el sexo como algo externo al ser humano, como una función biológica más. La postura que se ha adoptado, al decidir distribuir gratuitamente la píldora del día siguiente es, desde luego, cómoda, sencilla y, sobre todo, populista (espero que, al menos, les dé votos). Pero es una estrategia equivocada.
Por una parte, no va a conseguir el objetivo de reducir la tasa de embarazos no deseados (se pueden revisar, en la bibliografía científica, los resultados de otros programas equivalentes).
Por otra, implica riesgos serios para la salud, y contribuye a la mencionada medicalización de nuestra sociedad. Por último, va a apartar a nuestros jóvenes, todavía más, de la posibilidad de que integren el sexo en el desarrollo armónico de su personalidad. No cabe sino concluir que, con esta vía, se contribuye a fomentar la trivialización del sexo, convirtiéndolo en un producto más de consumo. Quizás la educación integral sea un camino más largo, menos populista, pero, sin duda, beneficia más a nuestros jóvenes.
ARTÍCULO PUBLICADO EN LA RAZÓN EL 28/4/2005




















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