Rubias
¿Se acuerdan del gato que tenía Bill Clinton cuando vivía en la Casa Blanca? Se llamaba Socks, calcetines en inglés, era negro como la noche excepción hecha de las cuatro patitas blancas y recibía más de 100.000 cartas de sus «fans» cada año. Presidentes somos y en las canillas nos encontraremos. Comentada ya la noticia de la semana, ésa que tanto ha impactado más allá de cierto «look» con obvios guiños al despacho oval, pasemos a temas de orden ligero que para meterse en charcos mejor son las catiuscas. Y, ya que la cosa va de rubias aunque sea de manera subliminal, ejem, ahí va una de Hitchcock, un tipo ni de lejos tan intrigante como la mente de algunos políticos. Y digo Hitchock porque sale ahora un libro de esos que se venderán tal que churros esta Navidad, sobre todo si son baratos, y que versa sobre la relación del director con sus rubias favoritas, ésas a las que fustigaba día sí día también porque no querían cama ni a cambio de un Oscar. Ingrid Bergman siempre se hizo la sueca, como bien saben, mientras que Grace Kelly, apodada «la rompematrimonios» por su frecuente manía de meterse en libros de familia ajenos, prefirió pasarse a princesa y dejarse de cuentos. El gordo nunca aceptó aquel plantón, de ahí que buscara en Tippi Hedren un remiendo de urgencia, un aquí casi te pillo aquí casi te mato por exigencias del guión. Aquella mujer a la que unos pájaros le dejaron el traje verde a trizas nunca se repuso, cuenta el libro, de las bromas macabras que le hacía su pygmalión. Pero que le pregunten a Kim Novak por lo suyo: el día que la vio por primera vez sin trampa ni sostén, Sir Alfred sólo acertó a decir que parecía una vaca lechera. Mal que bien, prueba separada: aquí se habla de rubias, de calcetines y de mitos que se derrumban. Pues eso.






















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