La editorial Edhasa publica en ochocientas páginas la biografía definitiva del escritor inglés

Shakespeare ya no tiene secretos

 
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5 Diciembre 08 - Toni Montesinos

barcelona- Son innumerables las aproximaciones a la vida y obra de William Shakespeare, quien ha sido objeto de todo tipo de análisis, que incluyen aquellos que están más cerca de la leyenda o el partidismo de ciertas ideologías. Peter Ackroyd publicó en 2005 la que podría considerarse, por su rigor y completa documentación, la biografía definitiva del poeta inglés, y ahora la traduce la editorial Edhasa bajo el título de «Shakespeare. La biografía». Son ochocientas páginas que harán las delicias tanto del amante del creador de «Hamlet» como de cualquier lector que pretenda obtener no sólo una visión fidedigna de la figura del escritor, sino de cómo se vivía en la Inglaterra del siglo XVII, bajo los reinados de Isabel I y Jacobo I. Una Inglaterra que aún se regía por «normas medievales. Existía una clara percepción de la diferencia entre las clases sociales y del poder que se concedía a los poseedores de tierras. El propio Shakespeare siguió al pie de la letra dichos principios». Las impresiones de su niñez Ackroyd tiene entre sus muchas virtudes la de ofrecer siempre un texto amenísimo, compuesto de capítulos cortos y un estilo sencillo y fluido. El resultado es que, por una parte, se palpa el ambiente de la casa natal del poeta en Stratford-Upon-Avon, y cómo su vida repercutió en sus creaciones: «El crujido de las vigas y las pisadas debieron de ser el acompañamiento constante de las tareas domésticas. En las obras dramáticas de Shakespeare también afloran las impresiones inconfundibles de la niñez»; por otra parte, conoceremos cómo el teatro entró a formar parte de la sociedad inglesa y el momento exacto en que el pequeño Will, en 1569, quedó deslumbrado ante algo tan novedoso: «Se trata de un hecho fundamental para entender el genio de Shakespeare, ya que floreció en una ciudad en la que el espectáculo teatral se convirtió en el medio principal para entender la realidad». La gente se fijaba en los actores, que de repente devinieron ejemplos de comportamientos: el escenario era la vida, la vida era teatro. Además de tener la ocasión de conocer la concepción de personajes como Shylock, Yago, Lear, Macbeth, Cleopatra o Falstaff, es en los capítulos dedicados a la infancia de Shakespeare donde la sensibilidad y erudición de Ackroyd se hace más sutil, para luego pasar a los capítulos donde éste se luce mostrando su gran conocimiento del Londres de aquel siglo, suponiendo a un joven William, recién casado, que extrañamente lo dejaba todo para irse a buscar fortuna a la gran ciudad hacia los años1586-87 (el trayecto era cuatro días andando o dos a caballo). Es un tiempo de transición en el país: nadie tiene «vida privada» y sufre una fuerte presencia de los organismos políticos. Precisamente, John, el padre del poeta, tuvo diversos cargos influyentes aparte de su actividad como guantero -en sus obras, «Shakespeare describe guantes constantemente, ya se luzcan con el sombrero o se arrojen como desafío»- y comerciante de lana y cebada. De esta manera, los vecinos de la calle Henley donde vivieron los Shakespeare -figuras reales que luego aparecen en sus escritos-, la madre, Mary Arden, «una figura impresionante», perteneciente a una antigua y prestigiosa familia, y la fascinación por los cuentos de hadas por parte del niño que, luego, se convertirán en alusiones a baladas y relatos populares en sus piezas dramáticas, son elementos que van construyendo el carácter del biografiado. Un hombre muy sexual Lo cual lleva a Ackroyd a dibujar el siguiente perfil psicológico: Shakespeare tenía un «enfoque pragmático» de la vida, que se reflejó en su modo de buscar fuentes para sus obras; era un «lector oportunista que se apresuró a recoger lo que necesitaba», y este comportamiento acompañó sus acciones, incluida la de casarse a los dieciocho años con una mujer, Anne Hathaway, ocho mayor que él. Shakespeare aparece en el libro como un «hombre muy sexual» (aunque el autor no concreta las pruebas que tiene para afirmarlo), un tipo enérgico que lleva esta mirada de la vida a sus obras. «Es el poeta de la velocidad y la agilidad. Sus personajes (...) pertenecen al mundo ajetreado y activo. (...) La abundancia de imágenes apuntan a que fue un hombre de lucidez sobrenatural». Ackroyd también demuestra la estimación que le profesaban sus conciudadanos: «No destacó como hombre de personalidad excéntrica o extraordinaria y, al parecer, sus contemporáneos se sintieron ante él en un profundo pie de igualdad. Shakespeare entró sin esfuerzo en el ámbito de los intereses y las actividades de sus coe- táneos. En ese aspecto, fue infinitamente afable». Y, sin embargo, he ahí la gran paradoja, el entorno del escritor más famoso de todos los tiempos estaba compuesto por personas analfabetas.

 
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