¿Se imagina cómo sería su vida si naciera anciano y fuera rejuveneciendo? Según los médicos, se cuidaría más, sería mejor hijo y tendría menos apego al dinero. Pero se perdería la magia del primer beso.
Si yo fuera Benjamin Button
Tal vez ya conozca la historia de ese tal señor Button. Ese bebé que nace hecho todo un vejestorio y va quitándose años y años y años sin echar mano del botox ni del gimnasio. ¡Un chollo! A buen seguro que los que hayan ido ya a ver la película se habrán hecho la inevitable pregunta: ¿cómo sería la vida al revés? ¿Que haría yo si fuera Benjamin Button? (ojo, Button, no Brad Pitt). ¿Habría sido más responsable? ¿Mejor hijo? ¿Mejor compañero? Más que nada, por esa ventaja que da llegar a la flor de la vida sabiendo cuánto duele la soledad del abuelo, aquel bulto del sofá de orejas, al fondo a la derecha. Y por los remordimientos de conciencia, que no perdonan. ¿Habría escuchado a mis padres cuando me decían aquello de «haznos caso que tenemos más experiencia»? Cuántos habrían terminado, de una vez por todas, la carrera de Derecho...
Bien. Demos ahora la vuelta a la botella. Llegar a adolescente después de haber sentado la cabeza 60 años antes. Da un poco de pereza... ¿Es el fin de las locuras por amor? ¿Y qué pasa con la edad del pavo o con la magia del primer beso? ¿Es que ya nadie se va a ir de acampada hippy? ¿Y quién habría votado, por Dios, a Llamazares?
Hijos más cariñosos
¿Le gutaría nacer viejo e ir rejuveneciendo conforme pasan los años? LA RAZÓN ha preguntado a los médicos y a un puñado de famosos cómo creen que sería la vida, sus vidas, si transcurriera tal y como lo retrata Brad Pitt en «El curioso caso de Benjamin Button», la película con sabor a Oscar que ha llegado este viernes a los cines españoles. Y hay opiniones para todos los gustos.
El doctor Ignacio Ruipérez, jefe de Geriatría del Hospital de la Cruz Roja, ha juntado lo mejor y lo peor de la tercera edad para sacar una conclusión: seríamos mejores hijos, amigos y compañeros de trabajo, nos cuidaríamos más (no hay nada como sentir los achaques para ponerles remedio) y tendríamos menos apego a lo material. Salud, dinero y amor. ¡Pleno! «Si supiéramos lo que duele perder a los padres, estoy seguro de que seríamos mucho mejores hijos. Y también potenciaríamos más la amistad y la familia, porque en la vejez se siente la soledad más que en ninguna otra edad», afirma. Y, ya puestos, habría menos casos de «mo-bbing» laboral: «Seríamos menos competitivos y no buscaríamos tanto el poder. Los mayores siempre nos dicen que una cosa positiva de la vejez es la tranquilidad que da vivir con menos preocupaciones, sin tener que escalar en la profesión». Entre otras cosas, según Ruipérez, porque el dinero perdería parte de su embrujo. «Cuando eres un anciano te das cuenta de que necesitas poco para vivir. Seríamos menos esclavos del dinero y ya no daríamos media vida por tener un yate o hacer grandes viajes», concluye.
Un «Don Juan» con galones
Desde luego, no está mal eso de conocer el final de la película antes siquiera de haber abierto la bolsa de palomitas. «¡Vivir dos veces es un chollo!», reconoce el doctor Ruipérez. «Simplificaría tu vida. Teóricamente no asumirías ningún riesgo si pudieras conocer de antemano las consecuencias de tus actos», apostilla el neurólogo José Miguel Laínez. Pero tiene sus inconvenientes. Y aquí vienen las malas noticias para los románticos. ¿Qué sería de la adolescencia si todos fuéramos Benjamin Button? El actor Pepe Sancho no quiere ni imaginarlo: «No hay más remedio que pasar por la pubertad, esa fase de la vida tan absurda como imprescindible». El restaurador Paco Roncero saca directamente el arco y las flechas: «Me perdería el sabor del primer beso a una chica».
Aún así, no todos se atreven a enterrar el romanticismo y las locuras por amor. Así lo ve Valentín Martínez-Otero, doctor en Psicología y profesor de la Universidad Complutense: «Dependiendo del equilibrio psicológico de cada persona, su comportamiento podría oscilar entre dos polos. Por un lado, podría poner su experiencia al servicio de la mera seducción y, por otro, orientarse sobre todo a buscar el verdadero amor. Su mayor experiencia, pues, podría facilitarle tanto la conducta donjuanesca como el comportamiento más romántico». O dicho de otro modo: «Adoptaría una senda inteligente integrada por el deseo y la afectividad, con suficiente dominio de los instintos, compromiso verdadero y orientación emocional profunda». Malos tiempos para Doña Inés. O buenos, según se mire.
Cuesta pensar cómo sería este mundo sin Montescos ni Capuletos, o, peor aún, con juiciosos amantes que sopesan con cautela los pros y los contras antes de encallar la escalera bajo el balcón de su amada. Aunque, al menos, tanta sensatez tendrá sus ventajas. Quizás, con la vida del revés ya nadie se subirá a un coche con un conductor pasado de copas y de velocidad... «Podrían exhibir un comportamiento más sensato y prudente, y muchas de sus conductas serían diferentes –explica Marínez-Otero–, porque unirían todo un caudal de experiencias a una estructura intelectual en todo su esplendor». Ésa es la teoría. Para la práctica este psicólogo es mucho más pesimista: «Sería difícil asimilar los cambios biológicos, psicológicos y sociales, lo que abocaría a un grave cuadro psicopatológico y quizás al suicidio».
La vida según Quino
Durante años, la cuestión ha sido algo más que una pregunta retórica. No sólo se la planteó F. Scott Fitzgerald en el relato en el que se inspira la película, sino también Martin Amis («La flecha del tiempo»), Alejo Carpentier («Viaje a la semilla») o el genial Enrique Jardiel Poncela en «Cuatro corazones con freno y marcha atrás». Aunque, para hacerlo popular, nada mejor que la televisión e internet. En la red causa furor aquella proclama conocida como «La vida según Quino», de dusosa autoría del padre de Mafalda pero de incuestionable poder de seducción. Ésa que dice que después de nacer en el asilo de ancianos y trabajar 40 años tocan las fiestas, las parrandas, los novios y las novias, la infancia y nueve placenteros meses nadando en el vientre de mamá, hasta morir en un orgasmo. La idea la cazó al vuelo para la pequeña pantalla la casa Mercedes y la utilizó para vender sus coches. «Fue todo un filón –admiten en El Laboratorio, la agencia autora del anuncio– Subimos las ventas, rejuvenecimos la clientela y exportamos el spot a otros países». Soñar es gratis.






















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