Sor Mercedes y Bacon

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5 Febrero 09 - Manuel CALDERÓN

Sor Mercedes no sabía quién era Francis Bacon, ni antes de que fuese ingresado en la clínica Ruber de Madrid, ni cuando murió tres días después, el 28 de febrero de 1992. Nada anormal. Bacon llegó solo y nadie pudo decirle cuál era su identidad: británico (de origen irlandés, pero, en su caso, británico) de 82 años aquejado de una dolencia de riñón, ni que era uno de los artistas más influyentes del siglo XX. Nadie lo visitó, nadie lo reclamó. Pasados los años, sor Mercedes estuvo en la inauguración de la exposición que el Museo del Prado le dedica al hombre que cuidó hasta el último momento. Todo el mundo se preguntaba quién era, qué hacía allí una religiosa bregada en las tareas ínfimas que acompañan a la muerte. De repente, aparencen como espectros que dábamos por perdidos las personas anónimas que hacen que la vida sea sólo vida: una joven de las Siervas de María acompañando a Bacon hasta el último momento. Una monja humaniza a un artista que era casi Dios. Qué curioso, Bacon pinta el estudio basado en el retrato del Papa Inocencia X de Velázquez, como representación del poder, la ambición y el mal. Pero luego, uno se muere -digo yo- y tiene a su lado, en el momento más solitario de la vida -y en el caso de Bacón lo fue- a sor Mercedes.

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