La mano del marido de Michelle fue días después a parar al hombro del hombre disecado de sonrisa para abajo
Tener mano
Ha venido Obama a vernos y estamos todos tan contentos, mire Vd. Ha venido a vernos este buen señor y se ha traído a su señora, que tiene talla de pívot de la Cibona y cadera de mesa camilla, una cadera a la que se agarró la reina Isabel II como un mejillón de roca, y todo, según nos han contado, porque fue Michelle la que se saltó el protocolo. El protocolo de la soberana de los trajes imposibles deja bien claro que uno de los peores errores que pueden cometerse es tocar a su majestad, cuando lo que debería prohibir el protocolo es que la monarca vistiera el tono salmón escocés, ése que tanto le mola, un espanto digno de grito despavorido. Pero el protocolo lo que dice es que no se le puede poner una mano encima ni de coña. Y en estas llega Michelle y la rodea con su brazo de estibador portuario, y a la reina le entran ganas de parecer cercana, y baja la suya, como los buenos toreros, y nos ha quedado una foto de penalti y expulsión. La mano del marido de Michelle fue días después a parar al hombro del hombre disecado de sonrisa para abajo. El Zapatero que está debajo de la mano de Obama no parece un ser humano: es su doble en el museo de cera. El rictus forzado a punto la lagrimón, la mirada ilusionada, la indisimulada alegría de fan de autógrafo. La mano de Obama, oigan. Una mano que este gobierno naif, de anecdótica presencia internacional, de peso pluma en la escena mundial, ha vendido como un éxito diplomático sin precedentes y una prueba de sólida amistad. La Prensa optimista patológica, también desplazada a la cumbre del G-20, a la de la Otan y a la bilateral entre Estados Unidos y la Unión Europea, ha deslizado además datos contundentes sobre la evidente empatía entre los dos líderes. Los dos son delgados, altos, amantes del baloncesto, devotos del Oraldine y dan siempre los buenos días en los ascensores. Dicho lo cual, y a la vista de tan tremendas afinidades, se abre oficialmente la época que llevábamos un lustro esperando. Ahora, sí, queridos niños, por fin, tenemos mano.






















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