Tras Pantoja
Hay personajes que retornan como una secuela de sí mismos. Como un serial que se prorroga en nuevas entregas, como criaturas que, tras ser liquidadas, resucitan para segundas y terceras partes. Es lo que ocurre con ese ente de peineta y arrebato en el que se ha transformado la Pantoja, que es algo semejante a una tormenta imperfecta con aspecto casi humano que viene y va sin que amaine su naturaleza catastrófica. Vuelve ahora a arreciar la tonadillera amenazando tempestad, asomándose en lontananza con aire de pronóstico de tempestades y un tronar de galas que nos recuerdan que ante todo es cantante, facultad que en ocasiones se nos queda en el olvido. La nueva ofensiva de la acorazada Pantoja ocupa ya posiciones en las portadas de las revistas, dispuesta a no apearse de su rociero carro de combate. Gastando alta munición de photoshop, para ofrecer relucientes facciones estatuarias, que, sin embargo, no consigue quitarle las patillas bandoleras y serranas a lo Curro Jiménez. Pero después de lograr ser la personificación del nacional sentido trágico de la vida, se ha convertido en una folclórica que necesita llevar una desgracia encima del moño para salir adelante. Tras apurar el romanticismo típico del torero muerto en la plaza, ha sabido echarse encima el mantón dramático del derrumbe de la corrupción como otro tópico del casticismo hispano. Sin embargo, tras darle puerta y rejas al inefable ex alcalde de Marbella, el inefable Cachuli, habrá que preguntarse cuál puede ser su próximo drama. No sabemos si el vuelo del pajarón Paquirrín y su escapada de casa para instalarse en un picadero de chonis dará para tanto. Así que ya podemos empezar a temblar, porque el gafe se vuelve a poner las luces.






















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