Unos curas de Asturias

 Estaría dispuesto a apuntarme a ese club que, si me aceptase como laico, se devaluaría

 

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2 Diciembre 08 - Faustino F. ÁLVAREZ

Varios curas paisanos míos, buena parte de ellos jubilados o a punto de pasar a unas funciones inactivas y simbólicas  (por mucho que la procesión vaya por dentro), han formado un grupo que, bajo el nombre de Gaspar García Laviana, intenta recuperar los valores del Evangelio: una Iglesia que procure una humilde  reflexión de eso tan necesario y tan intenso como es la lucha por la paz y la palabra, y una inquebrantable adhesión a la defensa de los pobres y de los marginados. Este  clérigo y guerrillero bajo cuya advocación se concentran, García Laviana, que terminó adhiriéndose a la guerrilla nicaragüense, entregó su vida en defensa se los valores evangélicos de la justicia y de la paz, y se constituyó en una leyenda para cuantos le conocieron. Hoy, de no haber sido asesinado, tendría setenta años, y hasta podría ser un Hélder Cámara o un Pere Casaldáliga.
Yo de curas no entiendo, como tampoco de futbolistas ni de registradores de la propiedad, pero la relación que leo de quienes forman parte de este grupo (llamado oficialmente «Foro Gaspar García Laviana») me da tan buenas vibraciones, aquí donde todos nos conocemos, que estaría dispuesto a apuntarme a ese club que, si me aceptase como laico, se devaluaría, y convertiría en sospechosa mi propia perplejidad. Porque he sido testigo del mucho bien que esos clérigos han hecho a los desheredados, y hasta a sus propios compañeros ancianos quitándoles los mocos de la supervivencia antes de que se convirtiesen en estalactitas, o llevándoles al cirujano antes de que su hernia se trucase en una bomba de relojería, o limpiándoles el culo. La actitud moral de estos amigos tiene unas hondas raíces evangélicas:  todos ellos han sido fieles en lo poco (si por poco se entiende la vida humana), y ahora le dicen a la jerarquía de su arzobispado que están ahí, con las manos dispuestas a arrancarle el moho a los parabrisas de los ciegos y para ser subversivos, por pacíficos. Es innegable que Tarancón creo escuela.
Me sorprende que los clérigos jóvenes y escasos anden a otros asuntos, pero no hay mejor maestro que el tiempo y la esperanza.
 

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