VANDALISMO ANTISISTEMA

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13 Enero 09 - Gustavo DE ARÍSTEGUI

Siempre que ha habido crisis y/o miedo, los totalitarios y dictadores han desplegado su discurso de salvación, tan simplista como falso, opresivo y peligroso. Dar respuestas simplistas a problemas complejos lleva a la intolerancia, a la opresión y a la dictadura A muchos europeos, pero especialmente a muchos españoles, les han pillado totalmente por sorpresa las violentas manifestaciones que han sacudido Atenas. En comentarios y análisis se ha podido leer que desde Atenas empieza una nueva etapa en la protesta antisistema, algunos han llegado a compararlo con Mayo del 68. Es evidente que se tiene la memoria corta, o simple y llanamente no han seguido la evolución del movimiento global antisistema y paradójicamente antiglobalización. Protestas violentas las ha habido siempre, desde Mayo del 68 y antes, y aunque algún ilustre pensador se empeñe hoy, desde posiciones más templadas, en seguir admirando, incomprensiblemente, el mito del 68, conviene contextualizar cada fenómeno, aunque es bien evidente que algunos elementos comunes pueden indudablemente sacarse. En 1968 confluían el desgarro de la Guerra Fría y ante la incertidumbre que provocaba la doctrina de la destrucción mutua asegurada y el equilibrio apocalíptico nuclear, a lo que se añadía una crisis económica que aún no había llegado a su cénit, que llegaría con el embargo de petróleo y el brutal encarecimiento de los productos energéticos, así como docenas de conflictos mal llamados de baja intensidad y alguna guerra a gran escala. Hoy tenemos una crisis financiera y económica muy profunda, docenas de conflictos de baja intensidad, alguna guerra a gran escala, a lo que hay que añadir el terrorismo, el crimen organizado, la proliferación, la inestabilidad política de algunos países, el paro y la falta de perspectivas de decenas, quizá centenares de millones de personas. Fanáticos y dictadores siempre han cabalgado a los lomos del sufrimiento y las esperanzas de los más necesitados, los movimientos más radicales antisistema, antiglobalización y de la extrema izquierda no son una excepción a este principio. Lo que se ha desatado en Atenas es un fenómeno muchísimo más arraigado, organizado y desestabilizador de lo que algunos quieren admitir, pero no empieza ahora y dista mucho de ser espontáneo. Los jóvenes europeos y, en general, del mundo más desarrollado, viven sumidos en una crisis de valores, de esperanzas y de certidumbres. No creen en casi nada, y mucho menos en la clase política y dirigente. Esta crisis financiera ha demostrado también que algunos de los magnates, financieros y ejecutivos más importantes del mundo no sólo eran un gran bluf y pésimos gestores, si no que, además alguno era hasta un mega criminal, se ha producido también un cierto agotamiento en la clase dirigente empresarial de algunas de las corporaciones más importantes y eso acabará provocando profundos cambios en el mundo económico y empresarial. Ninguno de estos males justifica poner en cuestión ni la democracia ni la economía de mercado, que es lo que parece que algunos quieren hacer en este momento, aunque la crisis haya desmentido de forma brutal las sofisticadas, pero inverosímiles, teorías de la conspiración, rocambolesca y exquisitamente elaboradas, por algunos intelectuales de prestigio y colosal éxito editorial, como por ejemplo Naomi Klein. Quienes se oponen al sistema no son todos iguales, evidencia que conviene subrayar pues algunos intelectuales que, con todo su derecho, afirman que los sistemas están agotados, no son, en la inmensa mayoría de los casos, incitadores y justificadores de la violencia y el desafío a la democracia y a la economía de mercado; en el caso de Europa y de España la economía social de mercado. El movimiento que arrasa las calles de Atenas nació el 30 noviembre de 1999, cuando lo que parecía ser una espontánea turba de más de cincuenta mil manifestantes, destruyó parcialmente el centro de Seattle, con ocasión de la cumbre de la Organización Mundial del Comercio, paralizándola durante una semana. El movimiento allí surgido recibió el nombre de N-30, para muchos el punto de inflexión de un cierto tipo de izquierda huérfana del hermano mayor antioccidental soviético y ansioso de vengar la derrota del Bloque Soviético como consecuencia de su propia implosión. Allí se dieron cita antiglobalizadores, antisistema, ecologistas radicales y algún que otro histrión de carácter inequívocamente exhibicionista como José Bové. En todas las cumbres sucesivas de G8, FMI, Banco Mundial. OMC o en otras similares, se produjeron gravísimos disturbios, perfectamente orquestados y, a veces, divididos en tercios, la protesta festiva, la clásica y la violenta, que empleaba métodos de guerrilla urbana, equipados y preparados para enfrentarse a los agentes antidisturbios. En un mundo de incertidumbres se corre el riesgo de que los fanatismos proliferen arraiguen y se expandan. Siempre que ha habido crisis y/o miedo, los totalitarios y dictadores han desplegado su discurso de salvación, tan simplista como falso, opresivo y peligroso. Ya se sabe, dar respuestas simplistas a problemas complejos lleva, indefectiblemente, al camino de la intolerancia, de la opresión y de la dictadura. Sí, no son buenos tiempos para la libertad y la democracia, por eso mismo hay que estar más vigilante que nunca y defenderla más que nunca. Gustavo de Arístegui es portavoz de Exteriores del PP en el Congreso

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