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07 de septiembre de 2017. 23:07h

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EE UU apenas tenía cinco millones de habitantes a comienzos del siglo XIX. Curiosamente en las dos décadas anteriores se había producido uno de los procesos políticos más importantes de la humanidad.

La primera de las tareas que embargaron a aquellos colonos que habían atado su futuro a la construcción del Nuevo Mundo fue el diseño institucional y político del recién nacido país.

Parece una casualidad que con el número de habitantes de aquel momento surgiesen con más facilidad grandes líderes políticos, como Washington, Jefferson o Lincoln, que en el actual EEUU, donde trescientos veintitres millones de norteamericanos han considerado que el mejor de los aspirantes era Donald Trump.

Cuando, en una conversación con un periodista, se le preguntó a J.F. Kennedy cómo era posible que la historia jugase en contra de la estadística y que, en el pasado, con menos ciudadanos el país diese mejores cabezas de Estado, su respuesta fue inmediata, que antes tenían tiempo para pensar y que ahora hay que tomar decisiones continuamente, resolviendo problemas inmediatos.

Después de cuatro décadas de Estado centralista, no era fácil recomponer la idea de España. Los constituyentes dedicaron mucho tiempo a pensar y a debatir porqué les preocupaba que la Constitución fuese longeva.

En un homenaje póstumo a D. Gregorio Peces-Barba, que organizó la Universidad Carlos III de Madrid, intervino D. Elías Díaz, catedrático emérito de Filosofía del Derecho, amigo y antiguo condiscípulo de D. Gregorio.

En sus palabras afirmó que el Sr. Peces-Barba “desde pequeño sabía que iba a hacer una Constitución y se había preparado para ello.” Lo que quería decir el profesor es que establecer el marco de convivencia de cualquier país y, desde luego de uno tan complejo como España, requiere de todo menos improvisaciones.

Por eso, es inaceptable que en un momento como el que atraviesa Cataluña, importe más una frase para el titular del periódico o para el twitter de turno que sus consecuencias.

La incorporación de Andalucía a la vía rápida del proceso de desarrollo de las autonomías fue controvertido y su incorporación a la cesión de competencias, junto a Cataluña o Euskadi, respondía a un sentimiento de identidad nacido desde antes de Blas Infante, pero, sobre todo, a una configuración prácticamente federalista del Estado español.

En aquél momento, el proceso fue de la satisfacción de la mayoría, también de nacionalistas como Miguel Roca y el propio Jordi Pujol. Sin embargo, la permanencia durante muchos años de Convergencia i Unio, sus problemas con la justicia y una crisis económica en 2008 que arrancó a la mayoría de los gobiernos del poder, fueron definitivos para crear el clima y el relato de una Cataluña a disgusto con un Estado porque no había alcanzado sus expectativas.

En este momento urge inteligencia y moderación. No tiene sentido reeditar el debate que se produjo en 1980 sobre si las únicas comunidades históricas son tres o trescientas, ni tampoco es momento de añadir confusión a los debates.

Pero, desde luego, se necesitan líderes solventes y con poso, no como la alcaldesa de Barcelona, que ha cambiado de actitud respecto a la cesión de locales para el referéndum, justo después de la reunión en casa de un conocido empresario entre el Sr. Junqueras y el Sr. Iglesias, en la que presuntamente se pactó esto a cambio de otras cuestiones.

Es posible que el día a día lleve a posiciones tácticas a corto plazo, despreciando las consecuencias futuras. Quizá sea momento de dedicar el tiempo a pensar y no a gestionar lo cotidiano, que decía Kennedy, el gobierno debería hacer más que lo que hace, que es nada, y la oposición debería pensar más porque no tiene tantas cosas que gestionar.

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