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15 de septiembre de 2017. 22:01h

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Ángela Vallvey 15/9/2017

En su obra «Cómo terminan las democracias», Jean François Revel sostenía una tesis que convendría revisar: decía que la democracia estaba menos amenazada que nunca desde el interior, y desafiada desde el exterior como jamás hasta entonces lo había estado. Para Revel la democracia no comprende, ni entiende, los procesos totalitarios y es posible que pensara que esa falta de conocimiento del desarrollo totalitario, fuese una debilidad de la democracia que la hacía vulnerable ante enemigos «externos». El libro fue publicado en 1983, cuando el foco de atención mundial estaba puesto en la Unión Soviética y ya se habían iniciado movimientos, dentro de las repúblicas que componían el gigante soviético, encaminados a la independencia, que no tardarían en desembocar en la disolución del enorme y artificial conglomerado comunista. En aquel tiempo, Occidente vivía siempre atento a las señales más nimias procedentes del Kremlin. Una inusual inclinación de ceja de algún miembro relevante del Politburó podía despertar unas exacerbadas, y absolutamente ridículas por infundadas, esperanzas de cambio entre los llamados «kremlinólogos», una suerte de antropólogos especialistas en el modus vivendi de la casta política soviética. El mundo capitalista estaba enfrentado al comunista, y ambos se miraban con recelo. Eran los residuos de la guerra fría. Revel desconfiaba de los soviéticos, con su argucias hieráticas, el «chantaje del complejo de cerco», el manejo de la información, que era muy superior por parte del bloque comunista, y que explotaba con astucia los fallos de la democracia... Incluso dentro de las democracias, el autor señalaba la presencia de comunistas en los parlamentos, mientras en la URSS era inconcebible que el pensamiento liberal estuviese representado... Desde que este ensayo fue publicado hasta ahora, han pasado muchas cosas. El bloque soviético desapareció y dejó de personificar un peligro para la democracia. El comunismo, por el contrario, se organizó en Latinoamérica intentando crear otro «bloque» al estilo soviético (de gobiernos «bolivarianos»). La democracia ha sido expropiada, y apropiada, por nuevos movimientos totalitarios que la usan de estandarte y reclamo publicitario. En el imaginario mundial, la democracia ha resultado vencedora sobre sus antiguos contrincantes. La gente acude al señuelo de la democracia, la desea, la aclama. Y esa aspiración lleva a las masas, en ocasiones, a caer en trampas totalitarias. Porque los enemigos de la democracia, ahora, no vienen de fuera: están dentro de ella.

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