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11 de septiembre de 2017. 22:59h

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Ayer, 11 de septiembre, Nueva York lloró a sus muertos. 2.977 asesinados por el terrorismo yihadista. 2.977 víctimas de la creencia en un dios vengativo. 2.977 mártires a cuenta de un delirio que aspira a construir su reino mediante un proceso de cimentación con calaveras y otros abonos de procedencia humana. El homenaje neoyorquino estuvo animado por una orgullosa escenografía de barras y estrellas. En América, la del norte, la de Washington, el reconocimiento a la bandera tiene poco de solipsismo nacionalista y bastante de saludo ciudadano a un sistema democrático anclado en el axioma de todos libres, todos iguales. Nadie pestañeó en la contemplación de las enseñas; excepto yo, claro, que pensaba melancólico en la que podría montarse en España si alguien flanquea a nuestros héroes con banderas constitucionales. Por una perversión histórica el recuerdo de las víctimas del islamismo en EE.UU. coincide con la enésima coreografía antisistema que organizan cada año en la esquina nororiental de España. Una Diada que, más que nunca, sirve como refugio de canallas. Esto es, enemiga del marco constitucional español/europeo, que aspira a dinamitar, mientras abjura de la ciudadanía y retoma la pringosa matraca de los pueblos, sus acervos, creencias y recetas. Como en Nueva York no van de pijos bienintencionados, ni usan los funerales para hacerse selfies, el homenaje a las víctimas incorpora de serie una reprobación del fanatismo y una reivindicación de los valores constitucionales. Este país ya ha regalado demasiados litros de sangre propia en el camino que va de Gettysburg a Iwo Jima y el World Trade Center como para despistarse. El tuétano de la democracia pasa por respetar el latazo normativo. Por exhibir un celo casi maníaco por la legalidad. Sin ley no hay libertades. Sin ciudadanos ni leyes quedamos a merced de la tribu y sus costumbres consuetudinarias. Vendidos a los charlatanes sentimentales y sus migrañas al contado, multiplicadas cada vez que toca aplaudir la santa voluntad de un gentío con marcado irrespeto por las minorías y un ego a prueba de relatos históricos no adulterados. El actual presidente de EE.UU. pasará a la historia por faltoso, mamarracho y chulo, por ignorante y hortera, pero incluso él, instalado en la marrullería, conoce la frontera a partir de la cual el sistema salta por los aires. Tampoco hay camarilla alrededor del Comandante en Jefe, que presentó sus respetos a los bomberos y los oficinistas muertos al tiempo que evalúa los estragos en Florida. El ritual de las banderas, que sólo un histérico tomaría por chauvinista, convive con el respeto exquisito a las instituciones, cuya legitimidad emana del pueblo. Afrentar a Trump durante el 11-S, como hicieron con el Rey y Rajoy en Barcelona, equivale a injuriar a todos y cada uno de los estadounidenses; los vivos y, ay, también los muertos. Aquí, en semejante oprobio, solo caerían los de los capuchones blancos del KKK. En España, y más concretamente en Cataluña, sobran los voluntarios para infamar a nuestros representantes, incluso en las fechas más graves. No por casualidad presumen de antisistemas. O sea, de enemigos de la democracia.

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