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Aprender con Cataluña

Tiempo de lectura 4 min.

09 de noviembre de 2017. 22:15h

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Tomás Gómez 9/11/2017

Tememos a las crisis por los desgarros que nos hacen en lo económico, en lo emocional, en lo político o en lo social, por eso, pocas veces las concebimos como ventanas de oportunidad. Sin embargo, para Einstein, “quien supera la crisis se supera a si mismo sin quedar superado”, pero es necesario modificar las cosas que hacemos.

El reverso de la moneda es que aquel que no modifica nada, estará necesariamente preparando una nueva crisis que, posiblemente, será tan o más grave que la que ha pasado.

De la cuestión catalana deben extraerse algunas conclusiones que nos permitan aprender. La primera de ellas es, que los nacionalismos tienen como único punto de llegada la independencia.

Con la Constitución de 1978 muchos tenían la impresión de que la propia evolución social y el horizonte que abría el proyecto europeo habían hecho cambiar el programa máximo de los nacionalistas. Hoy tenemos la certeza de que esto no es así, el nacionalismo sigue anclado en el siglo XIX.

La segunda, es una reflexión para los nacionalismos centralistas. Les ha ido bien electoralmente la confrontación dialéctica con el separatismo. La sociedad se radicaliza en ambos polos y las posiciones matizadas se decoloran a ojos de los ciudadanos. Un puñado de votos es un precio muy alto para la alta peligrosidad de esa estrategia.

La tercera conclusión es para la izquierda. La historia de España en la segunda mitad del siglo XX le generó algunos complejos ideológicos. La dictadura lo emborronó todo y la lucha contra ella hizo que confluyesen extraños compañeros de viaje, como los nacionalistas, que compartían la oposición al régimen, pero nada más.

Por esa razón, cuando llegó la democracia, una nebulosa de indefinición llevó a la izquierda a asumir intelectualmente algunos de los postulados nacionalistas. El clima político era tal que no aceptarlos se interpretaba como reprimirlos tal como hizo el régimen franquista.

Por último, hay que referirse al hecho de que la Constitución de 1978 ha recibido en los últimos años serios ataques desde diversos sectores. Cuesta alzar la voz para defender que encauzó la convivencia, conjugó las expectativas legítimas de todas las ideologías y, sobre todo, nació con vocación de pervivencia.

En lo territorial, el nuevo orden constitucional configuró el “estado de las autonomías”. En la práctica es un estado federal, con niveles de autogobierno superiores a los que disfrutan algunos estados federales.

Se habla de manera sistemática y hueca de su reforma, pero nadie es capaz de especificar el alcance ni el contenido de la misma. La reforma constitucional se está convirtiendo en un mantra de esos que titulan de manera rimbombante, pero no hay un solo renglón en su contenido.

No se explica que se quiere, solo se apela a argumentos como que hay varias generaciones que no la votaron por edad o que hay que modificarla porque ha pasado mucho tiempo desde su aprobación. Argumentos tan flojos como interesados.

Después de esta crisis habrá que cambiar muchas cosas, cualquier concesión nacionalista no saciará su apetito y su apoyo político parlamentario siempre será un juego de suma positiva, pero para ellos.

Los conservadores más centralistas deben aprender que cuanto más radical es el lenguaje y la acción, más fuertes se hacen los independentistas.

La izquierda debe enfrentarse en sus propias filas a los argumentos nacionalistas y todos deben aprender que la reforma de la Constitución es una cosa muy seria, que los que criticaban el proceso constituyente, como Podemos, ya hemos visto lo que dan de sí y que la mayoría de constituciones democráticas no las han votado la generaciones más jóvenes.

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