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Arquitectura irracional

Tiempo de lectura 2 min.

25 de agosto de 2017. 20:33h

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Para poder degustar los exquisitos caracoles –los llamaríamos cabrillas, por su tamaño generoso, en el sur– a la brasa con alioli que sirven en Yéqueda, ignota localidad del Alto Aragón, hay que abandonar la Autovía Mudéjar, la A-23 en sentido hacia el túnel transnacional del Somport, justo pasado el aeropuerto de Huesca-Pirineos, cuya construcción fue uno de esos excesos injustificables de los infaustos años 2000, a la altura de otros aeródromos fantasma como los de Castellón o Ciudad Real. A la espera de recuperar la conexión ferroviaria con Francia a través de Canfranc y Urdos, abandonada hace tres cuartos de siglo, hasta aquí se llega por carretera o, para mayor comodidad, en coche alquilado tras haber cubierto en AVE el trayecto hasta Zaragoza. La estación de Delicias, que es a lo que iba, es otro ejemplo de la arquitectura (in) civil padecida en España en época reciente, un estilo que cabría bautizar como «irracional» o «poco razonable» en contraposición al «racionalismo» de Le Corbusier que, paradójicamente, fue introducido en España por el maño Fernando García Mercadal y su Rincón de Goya, que tampoco es que sea el edificio más bonito del mundo pero... El caso es que Delicias, erigida con ocasión y con los dineros de la Expo de 2008, es un mamotreto desproporcionado en el que los pasajeros deben cubrir distancias kilométricas para ir del andén a la terminal, que es un gigantesco páramo sin climatizar en el que las zonas útiles (servicios, bares, oficinas para el alquiler de vehículos...) son cuchitriles asfixiantes. Lo ha diseñado un cafre, pero eso no es lo peor. Lo peor es que lo hemos pagado todos.

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