Política

Aznar, más guapo calladito

La Razón
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Samaranch es inolvidable. Para mí y para todos los que le conocimos. Un catalán español y un español universal. «Inmortal Samaranch», titulé en Marca el miércoles que nos dejó. Le tenía un cariño atroz. Cada jornada que pasé con él fue una lección de vida. Una de sus muchas frases indelebles me la soltó una bonita mañana del invierno barcelonés al preguntarle por qué no hacía más cosas para el COI (el CIO como él lo denominaba). Era presidente de honor y ni estaba ni se le esperaba. «Cuando uno sale de un cargo lo mejor es quitarse de en medio para no estorbar. Si me necesitan, ya saben dónde estoy», apostilló. Nunca salió de su boca un reproche a su sucesor, Jacques Rogge, pese a que podría haberle dicho de todo y por su orden.

Está visto que Aznar no es Samaranch. Todo el fair play que le sobraba al Papa del Deporte, le falta al cuarto presidente de la democracia. Cada comparecencia pública es una sesión de boxeo en la que Rajoy hace las veces de punching ball. ¡Y yo que pensaba que los enemigos de España en general y del PP en particular eran Puigdemont, Iglesias, Colau, Otegi y cía y ahora me entero que es su sucesor a título de presidente!

Aznar es desleal con Rajoy... y con Aznar. Cada puñalada al gallego es una puñalada a un PP que no está precisamente como para regalar votos. Lo dice todo el hecho de que su última deslealtad se haya producido en la radio que más se esforzó en destrozarle: la Ser. Pero, más que eso, es una traición a su legado. Un legado cuya epítome son los cinco millones de puestos de trabajo creados en un país desgraciadamente acostumbrado a destruirlos. El imaginario ya no lo recuerda como el excelente gestor que fue sino como el tipo enfadado con la humanidad que es hoy día.

Muy equivocado debe estar cuando González y Zapatero tratan con guante blanco a Rajoy y él saca a relucir cada dos por tres el puño americano. Nuestro protagonista debería chutarse un poco de sentido de Estado, no olvidar que quien lo digitó fue él, recordar que estamos en una situación de emergencia nacional y que en estas coyunturas hay que estar con el líder, con razón y sin ella. ¡Ah!, y dar gracias a Dios porque Rajoy se está comiendo sus marrones éticos en un ejercicio de responsabilidad que roza el masoquismo.