Cristina López Schlichting

Barcelona, después

La Razón
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No saben la de cosas que me traigo esta vez de Barcelona. En la tierra del modernismo deslumbrante, del gótico bordado en las ventanas, del genio de Gaudí, los canallas han llenado mis alforjas de espanto. Me traigo, por ejemplo, esa sangre de las víctimas sobre las aceras de las Ramblas, sobre la que resbaló el pobre comerciante de turrones que me lo contaba. O el miedo de Pablo, que vio el cuerpo deslavazado de una mujer caer a su lado en la acera como una muñeca rota. O el cadáver del niño que vio Gildo. O el osito de peluche en el alcorque del árbol, como un mudo y patético homenaje. O la chica del puesto de chuches, que lleva medicada y sin dormir desde el atentado. O doña Pepita, la vecina anciana y sonriente de Sant Hipòlit de Voltregà, asesinada como un perro. O los mossos, heridos. Todo esto tan feo nos han regalado doce tipos que han apagado su juventud destartalada y rencorosa en la sangre de los demás.

Una se queda como pequeña y triste ante tanto sinsentido y, sin embargo, no es verdad que el mal tenga la última palabra. Porque, cuando dos muchachos se desmayaron de terror y una chica comenzó a gritar histéricamente en las Ramblas, los tres encontraron refugio en el bar de Berta, que echó el cierre, los confortó y atendió a 60 transeúntes durante horas. Y, cuando el niño de once años se despertó en el Hospital del Mar, el padre Patrick –un empresario francés que se ordenó hace tres años en Barcelona pasados los 50– le dio ánimos con sus ojos azules y el chaval agradeció estar vivo. Y, cuando se produjo la carrera loca de la furgoneta asesina, cientos, miles de personas dejaron el veraneo y se ofrecieron como traductores de los heridos extranjeros en sus conversaciones con lo médicos, o para ayudar a los servicios sociales o para donar sangre. Y los periodistas se quedaron sin dormir para retransmitir todo en la noche del segundo atentado, el de Cambrils. Y pude fotografiar a un grupo de marroquíes que rezaba arrodillado ante el memorial de los muertos. A veces cedemos a la tentación de ensimismarnos con el mal, enfangarnos y chapotear en él como si fuera la última palabra, pero no es verdad. El odio de los asesinos nos puede matar y herir. Sin embargo, no puede ahogar el irrebatible resurgir del bien, la belleza y la verdad. Una y otra vez, la evidencia de algo superior hace palidecer de vergüenza la torpe pretensión de la destrucción absoluta. Y eso es la esperanza.

«¡No tinc por!», «¡No tengo miedo!», sería un lema estúpido si quisiésemos decir con él que no sentimos el pavor de Pablo, el dolor de Patrick o la pena de los amigos de doña Pepita. Pero es la más bella de las afirmaciones si subraya este triunfo eterno de la esperanza sobre los miserables golpes bajos de quienes quieren apagar el sol a salivazos.