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Cambio de cromos

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20 de septiembre de 2017. 02:45h

Comentada
Rosetta Forner 20/9/2017

A los 12, a los 16 años, ¿tenemos conciencia de quiénes somos o una idea medianamente clara de lo qué querremos, y no querremos, ser de mayores o de si las acciones de hoy no serán motivo de arrepentimiento mañana? Ni por asomo. Por consiguiente, una ley para que un menor pueda hormonarse (desde los 12 años) u operarse (desde los 16) para cambiar de sexo sin permiso paterno, ¿a qué huele? A nubes, no. Huele a imposición de una manera de entender la vida. Una, en la que la libertad individual es erradicada de forma sutil enarbolando la bandera de la igualdad. El árbol (esa ley) no nos deja ver el bosque: eliminar la libertad de los padres con el fin de apropiarse de la responsabilidad de la educación del menor para educarlo a su imagen y semejanza, esto es, a la de la ideología de género y del pensamiento único. ¿Tanto hemos perdido el sentido común y el contacto con la realidad como para no apercibirnos de la utilización de los menores para lograr su propósito de convertirnos en una sociedad donde el que piense diferente a ellos sea «eliminado»? Si un adulto quiere cambiar de sexo o someterse a múltiples operaciones de cirugía estética hasta ser el muñeco Ken andante, tanto la responsabilidad como las consecuencias –incluidas las psicológicas– serán suyas al cien por cien y tendrá que lidiar con el resultado, caso de que no le guste, que para eso es legalmente adulto aunque su madurez psicológica presente serias dudas. Pero, ¿un menor? Cambiar de sexo no es lo mismo que cambiar cromos. Si, según ellos, nadie debe ser discriminado por su orientación sexual, ¿por qué discriminan a los que no piensan como ellos y pretenden usurparles a los padres su identidad y razón de ser? La peor de las discriminaciones es negarle a alguien la libertad de elaborar sus propias creencias e impedirle liderar su vida cómo desee. ¡No sin mis padres! Pásalo.

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