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Charla con una joven catalana

Tiempo de lectura 2 min.

07 de septiembre de 2017. 22:03h

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Conocí días atrás a una joven catalana, que desde hace un par de años está viviendo y trabajando en Madrid, y con novio madrileño. Estaba preocupada por su tierra natal. Deploraba las tensiones, y concluyó que la incomprensión podría tener solución si lleváramos a una parte de los madrileños a Cataluña, y trajéramos a una parte de los catalanes a Madrid.

Evoqué la célebre frase atribuida a Pío Baroja: «El nacionalismo se cura viajando». Se entiende el fondo acertado de la frase: como el nacionalismo es excluyente, y prima lo propio sobre lo extraño, entonces el viajar puede atenuar el ardor del sentimiento nacionalista, en la medida en que se vaya comprobando que en el mundo no hay principalmente naciones sino personas.

El valor de estas personas reside en ellas mismas, en sus valores y en sus actos, no en su nación, que además siempre es una construcción artificial. Suelo decir que las naciones no crean a los nacionalistas, sino que los nacionalistas crean las naciones. Es evidente que las naciones no son entidades petrificadas existiendo desde el origen de los tiempos. Van surgiendo por evolución de los pueblos y por la acción política.

De ahí las dos acepciones tradicionales del nacionalismo, que recoge el DRAE: 1) «Sentimiento fervoroso de pertenencia a una nación y de identificación con su realidad y con su historia»; y 2) «Ideología de un pueblo que, afirmando su naturaleza de nación, aspira a constituirse como Estado».

Una complicación del nacionalismo es que no es intersecante, es decir, un nacionalista no comprende con facilidad el nacionalismo ajeno, lo que se observa con nitidez en el proceso mediante el cual una nación es creada desprendiéndose y separándose de otra preexistente que la integraba.

En ese proceso, el viajar no tiene ninguna importancia, ni surte ningún efecto para mitigar el nacionalismo separatista, que por definición busca crear una nación. Entonces, la frase de Pío Baroja solamente tiene sentido si se refiere a los sentimientos de encono de una población frente a otra: eso sí que se cura viajando, pero no es un mal que afecte a la mayoría de la gente, que sí comprende las intersecciones y solapamientos de identidades nacionales, y se siente, por ejemplo, catalana y española, sin que ello le ocasione traumas insolubles, salvo que los políticos se los inyecten.

Eso mismo le pasó a la joven catalana que conocí, y que pedía que se hiciera lo que muchísima gente ya hace, empezando por ella misma. Catalana por los cuatro costados, ella hizo igual que muchos catalanes, madrileños, gallegos o andaluces: dejó su tierra y se marchó a otra. Decidió venirse a vivir a Madrid, aquí se enamoró y quizá se quede, o quizá no. Pero a la que claramente los políticos le han creado un problema que antes no tenía. Me dijo que estaba triste. Es que es una pena.

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