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Colón era un detergente

Tiempo de lectura 2 min.

18 de mayo de 2017. 21:18h

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La Historia nunca ha sido objetiva. Pero de ahí a inventársela por capítulos como si fuera una serie de la tele, pura ficción, basada en hechos irreales, es una canallada que estamos permitiendo aquí y ahora desde la Transición. Los escolares españoles no debieran cargar con los complejos o las ínfulas de los políticos. Unos porque quieren hacerse perdonar el franquismo, como si alguna vez hubieran tenido la culpa, y otros porque ansían adoctrinar a los párvulos hasta convertirlos en idiotas nacionalistas que creen que el mundo empieza y termina en su frontera. Si un pueblo no conoce su verdadera historia vive en las nubes de la mentira. Transitamos en una democracia que da alas a los totalitarismos, que inventan el pasado para pervertir el presente. ¿Es democrático mentir sobre la inexistente corona catalanoaragonesa? ¿Conocer de Espartero sólo el tamaño de los huevos de su caballo? El Estado ha dejado en manos de historiadores trileros el origen de la Nación, las gestas o los fracasos de los soldados y los héroes, en fin, de soplamocos que dejan a Colón en la marca de un detergente porque el descubridor de América era en realidad un genocida de indígenas como van aprendiendo las nuevas generaciones y recitará el hijo de Colau. Hasta en los libros de Madrid se estudian los melones de Villaconejos, que son exquisitos pero no han cambiado el devenir de los tiempos como, un decir, los Reyes Católicos, que abrieron otro melón, el de la unidad de España que llega a nuestros días. Los españoles siguiendo el féretro de Felipe el Hermoso, metáfora romántica de nuestra ruina identitaria.

Cada autonomía crea un mapamundi a la medida de su terruño, los sucesivos ministros han dejado hacer mientras la comunidad educativa, tan admirable en otros terrenos, miraba hacia otro lado para no pisar los callos de los compañeros y compañeras. Descubrimos, analfabetos siderales, que los libros de Historia no los revisa ningún experto. Que se puede añadir lo que se considere ya que ningún tribunal tiene potestad para corregirlos. De manera que si un consejero lo desea puede hacer de su comunidad la capital del Perú o que El Cid sea una novela como el Quijote. La ecuación resulta tan patética que los editores de libros de texto realizan diecisiete versiones de los manuales de matemáticas. Unos prefieren más quebrados y otros un palmo menos de trigonometría aplicada al Estatuto. Es el precio de ser plurinacionales. No basta con una falsedad sino que son necesarias diecisiete. Es la pregunta que se le escapó a Patxi López en el debate con Pedro Sánchez. «A ver Pedro, ¿tú sabes explicar de diecisiete formas distintas lo que es una Nación?».

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