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Cómo se llegó al 6-D

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06 de diciembre de 2017. 11:21h

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Jorge Vilches 6/12/2017

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Costó que los partidos se pusieran de acuerdo en la fijación de un día para celebrar la democracia. El nuevo sistema no había nacido de un acto revolucionario, como en Francia o Estados Unidos, sino de un proceso legal desde la dictadura. Faltaba un mito funcional que diera fuerza popular simbólica al cambio. En el verano de 1977 se abolió la fiesta franquista del 18 de julio, y tan sólo quedó el 12 de octubre como Día de la Hispanidad. Sin embargo, esto generaba problemas entre los nacionalistas, que tenían su propia fecha conmemorativa, como la Diada o el Aberri Eguna.

A los dos años comenzaron algunas celebraciones de organizaciones privadas, y varios ayuntamientos inauguraron una «Plaza de la Constitución». La clave era el referéndum, como en Italia, cuya fiesta nacional es el 2 de junio, fecha del plebiscito de 1946 por el que se estableció la República. El 20 de noviembre de 1980, los grupos parlamentarios socialistas presentaron una propuesta de ley para que el 6-D se convirtiera en una fiesta que «todos los pueblos y nacionalidades» de España pudieran conmemorar.

Antes de su debate se produjo el intento del 23-F. El fracaso del golpe generó un sentimiento nacional ligado a la democracia constitucional, y los dirigentes de los partidos se convencieron de la necesidad de fortalecer ese vínculo a través de lugares de la memoria común. Así lo defendió Peces-Barba, socialista y uno de los padres de la Constitución, en el debate del 19 de mayo de 1981. Es más, dijo que el texto del 78 era el símbolo de una nueva identidad española porque se basaba en el consenso.

No obstante, Rodríguez de Miñón, de la UCD, se negó. Podía ser una fiesta recordarlo, pero no un día festivo porque, decía, en la larga historia española la Constitución de 1978 «se inserta como un escalón más» y, por tanto, la identidad patria no podía limitarse a un texto. Quizá por esto al poco el gobierno de la UCD confirmó por decreto el 12 de octubre como fiesta nacional.

La celebración de diciembre de 1981 tuvo un tono defensivo en recuerdo del 23-F, y porque unos días antes, el 20-N, se concentraron 150.000 personas en Madrid para rememorar la muerte de Franco. Por eso, el Gobierno y el PSOE de González animaron a sacar banderas españolas a los balcones para evitar la apropiación por parte de la extrema derecha.

Felipe González inauguró la recepción pública en el Congreso. En 1983 quedó establecido por decreto el 6-D como Día de la Constitución, y pasó a ser festivo en 1985. El debate se produjo entre aquellos de la derecha que defendían el 12 de octubre como fiesta nacional, y los que desde la izquierda pretendían que fuera el 6 de diciembre. Detrás había dos interpretaciones de la identidad española: una, vinculada con la aceptación del pasado, y otra que lo censuraba y quería un mito fundacional. González se sumó a la primera por la cercanía de los 500 años del descubrimiento de América, ratificando por Ley de 1987 el 12-O como Fiesta Nacional. Empero, a la festividad del 6-D no se la dotó de solemnidad, la recepción en el Congreso quedó deslucida, González dejó de asistir, y los españoles se la tomaron como un día sin trabajar.

En la década de 1990 se extendió la idea de celebrar el 6-D como muestra del apoyo popular a la democracia. Esto pretendía reforzar el vínculo entre el pueblo, las libertades y la España de los nuevos tiempos. Tal idea negaba el dicho franquista del carácter ingobernable del español. La mitificación del 78 hizo que cualquier propuesta de reforma constitucional mencionara el consenso de la Transición como condición imprescindible.

Zapatero introdujo el término «patriotismo constitucional», tomado del filósofo marxista alemán Habermas. El PP lo hizo suyo en 2002, con lo que negaba ser nacionalista español, y ligaba la democracia al mito de la Transición y la Constitución de 1978.

En los últimos años, las propuestas de reforma remiten al cuestionamiento de la nación española. Mientras, la celebración del 6-D, que podría haber constituido un mito de la democracia, sigue incompleta.

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