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19 de mayo de 2017. 23:17h

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Tomás Gómez 19/5/2017

El Sr. Pablo Iglesias se ha autoproclamado el candidato a la presidencia del gobierno en la moción de censura que ha presentado en el registro del Congreso de los Diputados. Esta vez el líder de la democracia directa no ha querido someter esa decisión al escrutinio de las bases mediante la convocatoria de una consulta a los afiliados.

Tampoco ha querido conocer qué le parece a su grupo parlamentario, ni a la dirección del partido, la ha tomado personalmente y la ha ratificado un reducido número de diputados de confianza que conforman la dirección del grupo.

En muchas ocasiones las incoherencias se tornan en cinismo. El Sr. Iglesias lleva tiempo aficionado a entrometerse en los procesos internos del PSOE, la última vez intentando influir en el proceso de primarias. Un Partido Socialista fuerte le genera nerviosismo, porque sabe que la única posibilidad de éxito que tiene pasa por ocupar el espacio político de los socialistas y, para eso, necesita demolerlos previamente.

Uno de sus ataques preferidos se basa en la desacreditación del sistema representativo, propio de la izquierda clásica, en favor de la democracia directa, muy ligada a los movimientos populistas.

En realidad, la toma de decisiones asamblearia es un mecanismo que imposibilita alcanzar las múltiples resoluciones diarias que son necesarias en la vida política. Sin embargo, aquellos que se abrazan a ella no lo hacen solo para intentar deslegitimar a las organizaciones en las que existen órganos de representación con el mandato de dirimir y decidir, también lo hacen porque saben que desarticulan los órganos de control y de decisión entre los afiliados y ellos. Es decir, son más libres para hacer y deshacer sin dar cuentas a nadie.

El Sr. Iglesias argumenta que no es posible una rápida consulta a las bases para ratificar su candidatura, al tiempo que no reconoce ningún órgano depositario de la voluntad de los militantes. El resultado de todo ello es kafkiano, podría ser presidente del gobierno alguien que se ha autopropuesto y autoproclamado a si mismo.

Esta debilidad democrática de las organizaciones basadas en decisiones asamblearias se puede convertir en abuso de poder de un dirigente.

Esa es precisamente la esencia del populismo: la eliminación de las instituciones, nada entre el pueblo y el líder, que recibe el mandato de interpretar, a su libre albedrío, el mandato popular.

El PSOE se ha visto contaminado por esta ola, de lo contrario no tendría sentido el mantra repetido por los partidarios del Sr. Sánchez. Argumentan que su elección en votación directa de los afiliados le debería haber mantenido al margen del control de los órganos del partido.

Es decir, que haber ganado unas elecciones primarias da poder para decidir lo que se considere sin límite y, por eso, el comité federal nunca debía haber echado al Sr. Sánchez. En todo esto hay una mentira y una incongruencia.

La mentira consiste en decir que al secretario general le echaron, fue él quien dimitió después de perder una votación, como toda España sabe porque lo vio. La incongruencia es defender su mayor legitimidad por haber sido elegido por los militantes, pero, a la vez, haber sido el único dirigente de la historia que destituyó a dedo a todos los órganos del partido en la federación madrileña, incluido el candidato a la Comunidad de Madrid, elegido por primarias.

La destitución llegó incluso hasta el despido de trabajadores que para nada intervenían en la gestión política, como administrativos o el operario que montaba y desmontaba el sonido, los frontis y el escenario en los actos.

Consejos vendo, que para mi no tengo, como dice el refrán.

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