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Del gallina al trilero

Tiempo de lectura 4 min.

13 de octubre de 2017. 02:56h

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Hay quien ha intentado aplicar a la situación en Cataluña la «teoría de juegos», en concreto, la del juego del gallina. En él, dos coches avanzan uno hacia el otro a gran velocidad, pierde el conductor que gira primero para evitar la colisión frontal. La clave para ganar es que uno de los jugadores convenza al otro de que no dará, en ningún caso, un volantazo.

Después de lo que pasó el martes en el Parlament de Cataluña, hay quien piensa que el Sr. Puigdemont, así como la mayoría del independentismo, ha dado un volantazo y que la «no declaración de independencia» y la suspensión de esa «no declaración», pone de manifiesto que los separatistas han intentado evitar la colisión, no con otro coche, sino con el muro del Estado de Derecho.

Sin embargo, encuentro otra explicación. Hubo una época en la que las calles más transitadas en las ciudades estaban invadidas por los «trileros». Estos son estafadores que utilizan un juego compuesto por tres cubiletes y una bolita para realizar el timo.

El objetivo del juego consiste en que la víctima adivine debajo de qué cubilete se encuentra la bolita, algo que es imposible si el timador no quiere, puesto que utiliza habilidades de prestidigitador para esconder la bolita en la palma de su mano.

Tan sólo permitirá que un jugador acierte si es usado como señuelo, es decir, si con ello consigue atraer la atención de algún incauto.

En Barcelona, el lugar más habitual para encontrar a estos timadores era las Ramblas, pero, últimamente, parece que se han mudado al Gobierno de la Generalitat.

Lo que ha intentado el Sr. Puigdemont es ganar tiempo y hacer dudar a los demócratas. De cara al exterior, quieren abanderar el intento de diálogo y de esta manera obtener, si no el apoyo, una menor rotundidad de los gobiernos europeos.

Además, si con una oferta de diálogo rompe la unidad de las fuerzas pro constitucionales, miel sobre hojuelas. La operación de trilero consiste en que un día después nadie sabe exactamente qué se produjo, ni si hubo algo que pueda ser considerado declaración de independencia. Porque el president la hizo, para posteriormente pedir la suspensión, pero el Parlament no la votó, aunque sí la habían firmado 72 diputados.

En un intento de jugar al escapismo de las responsabilidades penales y, a la vez, mantener vivo el conflicto mediático y políticamente, el duo Puigdemont-Junqueras se volvió a colocar la bolita en la palma de la mano con la intención de que algún pardillo apueste la bolsa en el cubilete del falso diálogo.

Pero, en esta ocasión, les puede salir mal. En primer lugar, se han hecho aún más evidentes las fisuras que existen entre los separatistas. Todos los movimientos del Gobierno catalán necesitan del plácet de los antisistemas de la CUP, hijos de esa burguesía carlista y tradicional catalana, que han adoptado una posición de fuerte presión sobre el Gobierno catalán. Ya veremos cuánto tarda en hacer estallar las válvulas del independentismo.

Por otra parte, el nacionalismo se nutre de sentimientos, no de racionalidad, y la jugada de la bolita ha sido pensada con la cabeza, buscando una salida en un callejón que no la tiene, pero no conecta con el corazón de los separatistas.

El abucheo de los manifestantes en la plaza del Parlament no es relevante porque corresponde a una minoría radicalizada, pero sí lo es el sentimiento de la mayoría independentista: que todo este viaje sólo ha servido para romper a las familias en dos y para el éxodo de las empresas catalanas.

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