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Después del 155

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24 de octubre de 2017. 02:00h

Comentada
Tomás Gómez 24/10/2017

Algunos, para protagonizar una aventura secesionista en Cataluña, se embarcaron en un tren que está llegando a su última estación para hacer transbordo en el 155 y volver al punto de partida.

En medicina, la norma es que una intervención quirúrgica sea más recomendable cuanto menos invasiva. La tecnología ha ido avanzando en ese sentido y se practican laparoscopias, cirugías robóticas o cuando es posible, lumpectomías antes que mastectomías. Cuanto menos agresivo, mejor.

Algo análogo ocurre en política. Intervenir una autonomía es una operación de riesgo que ha de hacerse de la manera más efectiva y, al tiempo, lo menos invadida que sea posible.

A partir de estas tesis, el Gobierno de España ha decidido por primera vez en democracia, y de acuerdo con el PSOE y Ciudadanos, aplicar el artículo 155 de la Constitución. De esta manera, el Ejecutivo autonómico será relevado y se nombrará a un representante que centralice las tareas de coordinación.

Pero para que la medida tenga resultado satisfactorio y se vuelva a la normalidad constitucional y a la estabilidad social, política y económica que todo el mundo necesita, ha de analizarse un poco más allá de lo meramente jurídico.

Existe un amplio consenso en que el independentismo catalán vive inmerso en una espiral de falsedades, que van ajustando a su relato, para reinventar una realidad que cada día es más incómoda para sus intereses.

Desde el análisis histórico que realizan sobre el presunto trato violento a Cataluña en la Guerra de Secesión en 1714 hasta el presunto incumplimiento económico y político del Estado desde 1978, o desde los datos e imágenes falseados del 1-O hasta la categorización de los «jordis» como presos políticos.

Esta construcción de una realidad virtual toma fuerza en el imaginario colectivo. Es un conjunto de símbolos y conceptos en la memoria y la imaginación de los individuos pertenecientes a una comunidad. Y es, precisamente, el hecho de compartir estos símbolos, lo que hace que se refuerce el sentido de comunidad.

Ahora bien, toda esta arquitectura colectiva de iconos y sentimientos identitarios viene alimentada, tanto en su dimensión real como en su dimensión imaginaria, de una forma cuasi-religiosa, por los medios de comunicación.

Sin la TV3 y el apoyo incondicional del complejo entramado de medios de comunicación en Cataluña durante muchas décadas, la gran mentira consistente en el relato de la lucha histórica y heroica del pueblo catalán que ansía su liberación del opresor Estado español no habría ido más allá del zaguán de la casa del independentismo.

Por tanto, la decisión de cómo se desarrolle el artírculo 155 de la Constitución debe tener en cuenta, como elemento clave, que si de la celebración de las elecciones que se convoquen, resulta un bloque independentista reforzado o, lo que es peor, más rehén aún de los antisistema de la CUP, el problema de la cuestión catalana tomará nuevos bríos.

El separatismo construirá el relato de una nueva ocupación institucional del «opresor Estado español», victimizará al insolvente Sr. Puigdemont y la fractura social se consolidará.

Para que las cosas vuelvan a su sitio se requiere tiempo que enfríe los sentimientos, porque las emociones suelen ser malas consejeras de la razón y que la información se liberalice en Cataluña. No se puede ni se debe competir democráticamente en un sistema en el que las cartas están marcadas porque sólo se escucha el griterío de una de las partes.

Si se reemplaza al Sr. Puigdemont como cabeza del Gobierno catalán, no puede seguir siendo president desde las pantallas de la televisión autonómica. Hace falta tiempo y cabeza.

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