Carlos Rodríguez Braun

Economía y manipulación

La Razón
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Dice el Evangelio Apócrifo de Borges: «Nadie es la sal de la tierra, pero nadie, en algún momento dado, no lo es». Dos grandes economistas, ambos premios Nobel, George A. Akerlof y Robert J. Shiller, no son la sal de la tierra en su libro: La economía de la manipulación. Cómo caemos como incautos en las trampas del mercado, que publica Deusto.

En cambio, lo que sí son, y en grado sumo, es la sal y la pimienta del pensamiento único, que se arremolinó a vitorear esta obra que critica a los liberales por su «fe ciega» en el mercado, en el que creen como una «religión».

Mal empezamos, porque la relación entre liberalismo y religión es bastante tensa, como sabe cualquiera que se haya molestado en estudiar la historia de ambos, y desde luego los liberales no tenemos una fe ciega en el mercado. Hablando de ceguera, la fe es creer en lo que no se ve, y el mercado ha dado durante siglos pruebas materiales de su superioridad frente a su alternativa, que es la coacción. Es curioso que nadie hable de la «fe ciega» de los socialistas en el socialismo, como si no hubiera pruebas de sus reiterados fracasos.

Akerlof y Shiller son muy listos, y por tanto, recordando a la madre de Forrest Gump, no dicen tonterías. Su estrategia es sutil. Desde el principio hasta el final se declaran «admiradores del sistema de libre mercado, pero». En ese «pero» está la clave de que la corrección política los haya saludado.

Este no es un libro pensado especialmente para comunistas o populistas, aunque les gustará, sino para políticamente correctos, es decir, la gran masa de «socialistas de todos los partidos», o buenistas de derechas e izquierdas, que, en efecto, aseguran que defienden el mercado, incluso que defienden el capitalismo, pero, pero, pero.

Por ponerles peros a los Nobel, se afanan en señalar los fallos de ese mercado que tanto admiran, y pasan rápidamente por encima de los fallos del Estado. Aquí un par de frases ilustrativas: «El sistema económico está lleno de artimañas, y es necesario que todo el mundo lo sepa»; «En la medida en que tengamos debilidades en saber lo que realmente deseamos... los mercados aprovecharán la oportunidad de incidir en ellas».

Uno diría que las artimañas en ausencia del mercado deberían ser motivo de atención, pero en este libro están conspicuamente ausentes. Y más bien está presente lo contrario. A pesar de que dicen que ellos sólo apoyan al Estado «como complemento más que como un impedimento a los mercados», aseguran, nada menos, que «la búsqueda de incautos en los mercados financieros es la causa principal de las crisis financieras que llevan a las recesiones más profundas». La causa principal, nada menos. Y en cambio, las autoridades monetarias y financieras, las mismas que desatan las olas de expansión de la liquidez, «evitaron un derrumbe financiero mundial y la reedición de la Gran Depresión».