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El anacronismo necesario

Tiempo de lectura 4 min.

21 de junio de 2017. 06:12h

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Que nunca falte, al menos, el romanticismo de la resistencia y de la derrota honestamente sufrida. La puesta en marcha, ayer día 20 de junio, de la tercera etapa de la revista «Ajoblanco» constituye un renovado intento por orquestar un arma contracultural enteramente libre, sin injerencia institucional de ningún tipo, y con la intención primera de «revolver» un estado de las cosas que amenaza con esclerotizar la vida social y cultural españolas. El propósito no puede resultar más loable y merecedor de cuantos elogios se dispongan: un vehículo para canalizar la decepción, sin deudas a organizaciones políticas, y financiado mediante una campaña de «crowdfunding». Según explica su fundador, Pepe Ribas, el actual momento replica las circunstancias que propiciaron la aparición de «Ajoblanco» durante el franquismo terminal, ya que las tradicionales estructuras de poder parecen hacer crisis y se requiere de un altavoz potente que dé voz a quienes usualmente no la tienen. Pero la interrogante que de inmediato se abre es: ¿de verdad existe un paralelismo tan exacto entre lo que sucede hoy y lo acontecido hace cuarenta años? Aparentemente, el escenario post-15M parece haber alentado la multiplicación de experiencias contraculturales en España semejantes a las que, durante mediados de los 70, atomizaron la resistencia al franquismo. Pero este diagnóstico solo se valida en apariencia y desde una lectura completamente superficial. En la España de los años 70, la «cultura real» apenas si había sido institucionalizada, entre otras razones porque los escasos espacios culturales existentes se encontraban completamente reprimidos en el corsé de la cultura oficial de la época. En la actualidad, en cambio, el peso de la cultura institucional es tal que no ha dejado intersticio alguno en el que pueda germinar una alternativa. No hay hoy una contracultura verdadera capaz de singularizarse con respecto a cualquier forma de lo institucional; y si molecularmente es posible encontrar algún atisbo, éste desde luego resulta tan residual que, en sí mismo, o constituye una élite o cae presa de la endogamia. Y por «institucional» –entiéndase bien– no solo cabe entender la cultura de los museos, la promovida por las instituciones, sino igualmente aquella fagocitada por el campo de intereses de las organizaciones políticas.La principal diferencia entre el tardofranquismo y el 15M es que el primero dio lugar a un largo periodo de resistencia parainstitucional, mientras que el segundo rápidamente se ha incrustado en las instituciones y ha dejado despoblados los espacios más espontáneos y reacios a una vertebración política oficial. De ahí que la segunda pregunta que surja no pueda ser otra que: ¿cuál es el papel que una publicación como «Ajoblanco» puede jugar en un contexto como el presente caracterizado por una hiperinstitucionalización de lo contracultural? Quizás solamente el de un romanticismo anacrónico. Pero, aunque solo fuera así, bastaría. De hecho, en una de las perfomances más bellas jamás realizadas, el artista chino Song Dong, desnudo en plena Plaza de Tiananmén durante una fría noche de invierno, intentó en vano derretir la capa de hielo que cubría el suelo –metáfora de un régimen autoritario– con el solo calor de su vaho. Fracasó. Pero, en definitiva, poco importaba eso. Hay que respirar contra el hielo aunque desde el principio se sea consciente de la inutilidad de la acción. La verdadera transformación de las cosas solo surge del encadenamiento infinito de fracasos.

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