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El antagonismo totalitario

Tiempo de lectura 4 min.

11 de agosto de 2017. 22:09h

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Enrique López 11/8/2017

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El ejercicio de la política está basado en el principio del pluralismo político, la libertad política del ciudadano y el respeto al adversario. Utilizando un símil futbolístico, el Madrid necesita al Barcelona y viceversa y cuando en la lucha por el liderato se le unen otros equipos como el Atlético o el Sevilla la Liga se enriquece, gana en atractivo y genera mayor riqueza. Ni el Madrid ni el Barcelona quieren acabar con el adversario, tan solo quieren ganarle, y para ello se preparan sobre la base de adquirir calidad y hacer las cosas mejor. En política algunos creen en estas básicas reglas del fair play, pero otros defienden una ideología que parte del intento de extinción de adversario, porque su pretendida superioridad moral les confiere esta potestad sobre el resto. Maduro en Venezuela ha llevado esto a un grado de vehemencia y va decidir quién puede presentarse a las elecciones a través de la concesión de unas «cartas de buena conducta». En fin, tal deriva dictatorial y antidemocrática merece poco comentario, más allá de la necesaria y enérgica protesta internacional, puesto que no hay peor dictadura que aquella que utiliza el ropaje democrático para enmascarar sus propósitos totalitarios. Desgraciadamente, este fenómeno no es privativo de Venezuela. En muchas democracias consolidadas, y también en España, contamos con políticos cuya intención es tratar de eliminar al adversario al considerarlo un mal en sí mismo. En la humanidad, desde hace mucho tiempo, el ejercicio de la política está inspirado por la «conflictiva y nunca acabada construcción del orden deseado» –Norbert Lechner–, constituyéndose en una obsesión de la teoría política, la cual se ejerce desde el binomio formado por el orden y el conflicto. Algunas teorías políticas profundamente liberales, entre las cuales me cuento, entienden el conflicto como una dimensión patológica de las sociedades democráticas. Por el contrario, enfoques posestructuralistas y sobre todo posmarxistas procuran recuperar al conflicto como constitutivo del orden social y, como consecuencia, sitúan el «antagonismo» en el centro de sus teorías. El antagonismo es la oposición mutua y evidente entre dos o más opiniones o doctrinas, algo que es natural que se dé. El problema es cómo rivalizan estas posiciones y doctrinas y cómo se desarrolla el enfrentamiento entre las mismas. Con el sistema democrático se han creado reglas para dirimir el enfrentamiento y por ello los procedimientos y las reglas se convierten en la esencia del sistema, de tal suerte que el principio democrático solo puede desarrollar sus efectos sobre la base del principio de legalidad. En una sociedad moderna y democrática actitudes políticas que se asientan en la generación y mantenimiento del conflicto como elemento para superar marcos de convivencia pacíficos son no solo adversos, sino peligrosos. La negación de la legitimidad del adversario político es repugnante y por ello hay que reaccionar enérgicamente ante estas actitudes de este tipo. En democracia no se barre, se gana bajo la máxima del principio de la mayoría. Para desgracia de estos políticos, la mayoría sigue creyendo en la democracia y en sus reglas, en definitiva, huye del conflicto. La prosperidad es el enemigo de los revoltosos.

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