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El apunte de Francisco Marhuenda: «La pasarela de los tribunales»

Tiempo de lectura 4 min.

01 de noviembre de 2017. 23:07h

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Francisco Marhuenda 1/11/2017

Al final ha llegado el momento de asumir responsabilidades judiciales. No cabe la impunidad. Es cierto que el nacionalismo catalán ha actuado demasiado tiempo con una impunidad tan exasperante como arrogante. La administración autonómica era un cortijo dominado por Pujol que repartía sus mercedes con tanta prodigalidad como sectarismo. Le sucedió su “hijo político”, Artur Mas, cuyo principal mérito era que su papá, Artur Mas Barnet, era amigo de Pujol y caía bien, además, a la todopoderosa familia presidencial.

Desde niño viví en una casa en el Eixample, que todavía conservo porque es donde nací, con un bonito ascensor antiguo que había sido fabricado por “Mas, Goberna i Mosso” que años después descubrí que era la empresa de su “papi” que era, sobre todo, un gran patriota catalán en Liechtenstein y Suiza que es donde se llevó la pasta. Es un ejemplo de esa burguesía de nuevos ricos que solo piensan en sus intereses personales. Es lo que ha sucedido, una vez más, con el fracasado golpe independentista contra la Constitución y el Estatuto de Autonomía. Artur Mas es un destacado representante de ese grupo social que se enriquece y progresa al amparo del poder político.

Cuando los antisistema de la CUP no le dejaron seguir como presidente de la Generalitat se sometió y eligió a un pata negra del independentismo, pero gris y anodino como Carles Pugidemont. Era la marioneta que iba a manejar tras ese abyecto pacto con esos radicales que le odiaban, pero no importa porque es un comportamiento característico de los políticos sin principios pero con muchos intereses formados a la vera del pujolismo. Al final todo ha sido un desastre porque no podía terminar de otra forma. Ahora ya sabemos que la Generalitat era una maquinaria clientelar donde todos estaban muy bien retribuidos. Desde los políticos a las asociaciones del “proces” pasando por los medios de comunicación. Era un patriotismo de chequera. Hemos asistido durante décadas al adoctrinamiento más zafio y ramplón, a la utilización de los recursos públicos al servicio del partidismo y finalmente a la compra de voluntades para conseguir una recua de palmeros del independentismo. Esa acción no ha sido solo en Cataluña, sino que se han encargado de formar una red clientelar también en el exterior. Es verdad que el tiempo sitúa a todos en su lugar, pero el daño ha sido enorme.

Ahora llega el momento de la pasarela judicial, pero Puigemont ha optado por la cobardía. No me sorprende. Ni un atisbo de dignidad final, sino que se ha ido a Bruselas aunque realmente quería hacer un largo periplo al estilo de un moderno Marco Polo para internacionalizar un conflicto que nadie se puede tomar en serio tras el ridículo espectáculo de los últimos días. La verdad es que lo siento, y espero que nadie se moleste, por las personas que creyeron de buena fe en la causa independentista. Al final siempre sucede lo mismo. Los más mediocres se quedan en la primera fila, porque los realmente poderosos se quedan en un segundo plano y los listos como Artur Mas y sus amigos prefieren mirar los toros desde la barrera. Una parte del pueblo catalán fue manejado y manipulado. Ese gobierno mal vestido, con escasa formación y sin profesiones, salvo excepciones, más allá de la política, calzados los exconsellers con sandalias, zapatillas deportivas y zapatos horteras, muestra lo peor de Cataluña. Era, simplemente, el gobierno de los fanáticos y los mediocres. En definitiva, ellos sí eran unos botiflers que traicionaron a Cataluña y los catalanes.

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