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El apunte de Francisco Marhuenda: «Los delirios de Puigdemont»

Tiempo de lectura 4 min.

03 de noviembre de 2017. 21:03h

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Francisco Marhuenda 3/11/2017

Creo sinceramente que Puigdemont no está en su sano juicio o es un mentiroso compulsivo. Se ha instalado en una realidad paralela y explica un relato que resulta asombroso. El último espectáculo de su periplo turístico, tras abandonar a sus compañeros para que asumieran las responsabilidades jurídicas por su golpe de Estado contra la Constitución y el Estatuto, ha sido una entrevista a la televisión belga RTBF. Estamos ante un personaje intelectualmente inconsistente y muy tenaz, aunque esta característica no es encomiable en este caso. Es la tenacidad del mediocre que, favorecido por la fortuna y la corrupción de Convergéncia, escaló a un puesto que jamás le hubiera correspondido. El veto de los antisistema de la CUP impidió que Artur Mas fuera presidente de la Generalitat y eligió a Puigdemont para sustituirle.

La situación es esperpéntica, pero no quiero minusvalorar la capacidad de superación del ex presidente catalán y no descarto que se superen las cotas actuales. Con este personaje todo es posible. En la entrevista asegura que está dispuesto a ser candidato a las elecciones del 21 de diciembre, pero lo haría desde Bélgica. Por tanto, ahora resulta que se ha olvidado de su compromiso de no presentarse y debe creer que los catalanes no podemos vivir sin él. Como todo fanático se considera predestinado e imprescindible. Mi padre me enseñó que debía preocuparme de los fanáticos, los integristas, los iluminados y los caudillos. El comportamiento de Puigdemont me causa auténtica inquietud. Ha decidido modificar la realidad y olvida el cúmulo de ilegalidades que cometió durante los últimos meses, pero también las oportunidades que se le ofrecieron para rectificar y dialogar.

La obsesión por la impunidad judicial es otra muestra de su carácter autoritario y supremacista. Es algo que ha caracterizado históricamente a un sector del nacionalismo catalán que se sustentaba en la “raza” y el idioma. Los catalanes serían superiores como consecuencia, además, de unas características sociales, culturales e históricas que nos alejarían del resto de España. Lo he escuchado y leído tantas veces desde pequeño que no me sorprende aunque me repugne. Esa superioridad se expresaba en el desprecio a los charnegos, aunque incluso se podían aceptar los matrimonios “mixtos”, pero siempre que asumieran el nacionalismo. Es algo que se comprueba cuando un nacionalista radical necesita aclarar que su madre era murciana, como vimos con Jordi Cuxart, o se observa como los hijos de la inmigración son más radicales porque necesitan ser aceptados en la tribu, como es el caso de Jordi Sánchez. Tengo familiares y amigos que tienen apellidos catalanes desde tiempos inmemoriales, que siempre han hablado catalán, y que no tienen problema en ser catalanes y españoles. Es algo que he escrito y he dicho en infinidad de ocasiones, porque ser catalán es mi forma de ser español.

Puigdemont se atreve a mentir en el relato y decir, además, que no hay garantías jurídicas en España, que su golpe de Estado es un asunto político y que no se puede expresar en libertad. No preside ningún gobierno legítimo, salvo en su imaginación. Ha estado tan acostumbrado al pujolismo y su corrupción moral, política y económica que se cree que Rajoy ha utilizado al fiscal, a la policía y los tribunales. La Cataluña de Puigdemont y los suyos sería precisamente la utopía del supremacismo cultural y la ausencia de la división de poderes. Tendríamos unos jueces, fiscales, inspectores fiscales, etc.... al servicio de la “patria catalana”. Como colofón final del despropósito aseguró que no es el primer presidente con problemas y se compara con Companys. ¡Qué lástima no tener un Tarradellas en lugar de semejante fanático!

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