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El apunte de Francisco Marhuenda: «Los equidistantes»

Tiempo de lectura 4 min.

04 de noviembre de 2017. 21:12h

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Francisco Marhuenda 4/11/2017

La equidistancia es una posición muy cómoda, aunque acostumbra a ser característica de los que no tienen una opinión bien formada, son unos ignorantes o les mueve el interés o el egoísmo más descarnado. El problema es que no se puede mantener durante mucho tiempo, porque llega un momento que es necesario tomar partido. Lo estamos viendo con la crisis provocada por el independentismo catalán. Es algo habitual escuchar en algunos políticos y periodistas las apelaciones al diálogo o afirmar con enorme firmeza que hay margen para la negociación. Un dicho clásico es que los toros se ven muy bien desde la barrera. Es verdad. En este sentido es fácil escuchar que hay una alternativa a la dicotomía independencia-inmovilismo, como decía ayer Miquel Iceta, y tengo ganas de conocerla. Muchas ganas. Lo mismo me sucede con el “bálsamo” del federalismo que propone Pedro Sánchez.

Al margen de que estamos en plena campaña electoral para las autonómicas catalanas del 21 de diciembre, no dudo de las buenas intenciones y conozco bien esa imaginativa superioridad de la izquierda que se considera mejor que la derecha. La realidad es tozuda y cuando llegue la hora de la verdad descubrirán que no hay soluciones milagrosas. Es cierto que el mensaje del buen rollo funciona genial en las sociedades modernas y ricas como la española. Cuanto más evanescente es el discurso y más telegénico es el líder, mucho mejor. Al final, tendremos que optar entre dirigentes salidos de una serie de televisión o de un anuncio de Armani. El fondo no importa, sino las formas. Y hay que reconocer que la izquierda es muy buena en los mensajes, sobre todo porque tiene a su lado a una gran parte de los periodistas, publicistas, artistas y pseudointelectuales de lo más variopinto, porque es más “in” ser progre.

Las sociedades ricas adoran los mensajes buenistas y odian las malas noticias, el esfuerzo y los deberes. Lo que nos gustan son los derechos y que el “Papá Estado” lo resuelva todo. La crisis provocada por el independentismo es la más grave que ha vivido España desde la Transición. A pesar de ello, es fácil escuchar que se tiene que dialogar con aquellos que han perpetrado un golpe contra la Constitución y el Estatuto de Autonomía. No damos importancia a que los antisistema tomen la calle con absoluta normalidad o que Ada Colau considere que la legitimidad está en el lado de Puigdemont y su destituido gobierno. Estas palabras serían un escándalo colosal en cualquier país de nuestro entorno, pero nos hemos acostumbrado a este tipo de despropósitos.

Tengo muchas ganas de que el pueblo de Cataluña hable el 21 de diciembre y también de que la comisión que tiene que afrontar una posible reforma constitucional empiece su andadura. Es la gran oportunidad para que todo el mundo se retrate y conozcamos qué quiere ofrecer el PSOE para aplacar al independentismo catalán. En este sentido, quiero ver la reacción de los dirigentes autonómicos socialistas. Lo mismo me sucede con la equidistancia de Iceta, ya que me gustará saber en qué se concreta además de los eslóganes electorales. Y qué decir de los que han mirado hacia otro lado durante tanto tiempo, los que han apoyado el pulso independentista porque esperaban sacar suculentas ventajas o los que ahora se han instalado en la equidistancia naif.

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