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El arte de la mentira

Tiempo de lectura 2 min.

12 de agosto de 2017. 22:41h

Comentada
Alfonso Rojo 12/8/2017

En el periodismo anglosajón y como consejo a los políticos se dice que hay tres claves de la credibilidad. La primera es «nunca defender lo indefendible». La segunda consiste en «nunca negar lo innegable». La tercera, como parece lógico, es «nunca mentir». Son reglas tan evidentes y elementales, que parece obligado concluir que tienen carácter universal y son válidas en cualquier contexto y lugar. Pues no, señores, aquí en España no se aplican. Al menos en su totalidad y de forma general. No me refiero sólo a nuestros dirigentes políticos, que filiaciones, siglas y banderas aparte, pueden afirmar hoy una cosa y mañana la contraria, mentir más que Judas o contradecirse a lo bestia, sin que sus votantes les pasen la mínima factura. Puedes estar cobrando de los ayatolás iraníes, que ahorcan homosexuales de las grúas y lapidan adúlteras, como pasa con Pablo Iglesias y celebrar tan pancho y aplaudido por la parroquia progre el «Orgullo Gay» o la liberación sexual femenina. Hasta puedes llenarte la boca hablando de «derechos humanos» y apoyar a los torturadores chavistas en Venezuela sin que los analistas del CIS detecten un bajón en respaldo electoral. No es que el español de a pie sea perverso y sintonice con los malvados. Todo lo contrario, porque el personal tiende a conmoverse con el dolor ajeno. El problema está en las «tragaderas». Queda plenamente demostrado que la trola aquí no está penalizada. Seas de derechas, izquierdas o mediopensionista; afecte a tu trayectoria personal o a tus compromisos políticos; se produzca una vez o un ciento. Esa tolerancia frente a la filfa y el chanchullo está tan extendida que se ha convertido en una seña de identidad nacional. Permite colar casi todo, porque casi nada es sometido a eso tan elemental que es el contraste. En plena vorágine, mientras los Pujol y sus cuates se lo llevaban crudo, los independentistas acuñaron aquello de «España nos roba» y buena parte de la ciudadanía catalana les compró la mercancía. Y en el País Vasco, con la aquiescencia del PNV, cuelan como «patriotas» a una panda de asesinos. La lista de los bulos que prosperan sin ser pasados nunca por el tamiz de la prueba empírica es larga y variada. ¿Alguien se ha preguntado alguna vez en que datos se basa eso de nuestros jóvenes son la generación mejor preparada de la Historia de España? Quizá esté equivocado, pero tengo la impresión de que también eso es un infundio como la copa de un pino.

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