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El conflicto de la estiba

Tiempo de lectura 2 min.

20 de marzo de 2017. 22:41h

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Entre los muchos tópicos que los nacionalistas regeneracionistas de hace un siglo nos dejaron en herencia (lamentable) está el de la España seca, cerrada al mar y al exterior. Joan Maragall la glosó en un poema célebre y patético. La realidad es exactamente la contraria. España, en particular Castilla, la España central, resulta incomprensible sin el mar. Los españoles nos comunicamos con el exterior por mar y hoy, cuando el mar ha recobrado su importancia estratégica, esa ley geopolítica se cumple tanto o más que antes. Conviene tener esto en cuenta para comprender el alcance casi existencial del conflicto de los estibadores, en particular cuando esos mismos estibadores han contribuido con sus huelgas a la decadencia de uno de los grandes puertos mediterráneos, como es, o fue, Marsella. Sabemos lo que podemos esperar del enfrentamiento permanente en los puertos españoles.

Por eso sorprende –o no, según se mire– la posición de algunos partidos en la votación de la reforma de la estiba en el Congreso la semana pasada. No mucho, hay que reconocer, en cuanto a Podemos. Su estrategia consiste en potenciar el conflicto como expresión de la democracia y defender intereses particulares en contra de un bien común en el que no creen. Algo más –tampoco demasiado– en el caso del PSOE, que ha vuelto a ejercer el seguidismo de la extrema izquierda y antepone los privilegios de un estamento ultraminoritario al interés general. Gracias a esta votación, se entiende mejor por qué la izquierda está desapareciendo como fuerza política en los países desarrollados. Ni sabe cómo articular una mayoría social, ni le importa. De hecho, no le gustan las mayorías sociales. Lo suyo son las clientelas, nombre clásico de lo que hoy llamamos minorías.

Por último, el asunto de la estiba ha subrayado hasta qué punto, y en contra de lo que tantas veces escuchamos, las decisiones de las instituciones de la Unión Europea van en favor del interés nacional. Es verdad que nuestros dirigentes, tan reticentes a lo nacional y desconfiados de la noción de bien común, prefieren refugiarse detrás de la exigencia de «Europa» o de «Bruselas». La realidad es que, una vez más, una decisión comunitaria beneficia al conjunto de los nacionales, en este caso los españoles. No deja de ser curioso, en este sentido, que los socialistas ejerzan de euroescépticos.

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