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El diseñador de la segunda piel

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Tiempo de lectura 4 min.

04 de junio de 2017. 22:11h

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Conocí a David Delfín en 2008, cuando colaboraba con la artista francesa Orlan en la exposición «Sutura/Hibridación/Reciclaje», celebrada en el Espacio AV de Murcia. Su labor era componer libremente una suerte de «segunda piel» con el antiguo vestuario de Orlan, destinada a tapizar el suelo de la sala de exposiciones. La primera sensación que transmitía esta extraña pareja era que, en realidad, no ponía en relación a una artista visual y a un diseñador de moda, sino que vinculaba a dos creadores sin un ámbito de trabajo demasiado específico y con preocupaciones similares: el cuerpo, su incesante redefinición heterodoxa y expansiva, su carácter impuro y en continuo proceso de contaminación... No hay duda en considerar a Orlan como una «performer», pero a la hora de definir la corta aunque intensa trayectoria profesional de David Delfín pocos se atreverían a emplear esta categoría artística para identificarla con un mínimo de precisión. Y, sin embargo, la obra de Delfín pertenece principalmente al dominio de la «performance». Es más, la suya es una de las más sugerentes y estimables aportaciones a este lenguaje artístico durante la primera década y media del siglo XXI.

Ciertamente, a David Delfín no le interesaba tanto la ropa como el cuerpo. Todos sus esfuerzos han estado encaminados a impedir que las prendas de vestir terminaran convirtiéndose en objetos de escaparate, fetichizados por el deseo capitalista. La ropa tiene sentido por su relación íntima con el cuerpo, por funcionar como esa segunda piel de la que antes hablaba y que permite «desnudar» los diferentes modos culturales, económicos y emocionales que existen de construir nuestra única y real casa. No es de extrañar, en este sentido, su pasión por Joseph Beuys, un artista que confiaba en el carácter terapéutico del arte para curar el cuerpo y que parece haber inspirado al británico Damien Hirst cuando, en su serie «Pharmacy», llegó a afirmar que ojalá la gente creyera menos en las propiedades curativas de la medicina y más en las del arte. Convertir la ropa en una intervención artística, y que ésta vistiera nuestros «cuerpos enfermos» constituía una manera excepcional de intentar su curación.

Pero, en rigor, ¿qué es lo que David Delfín podría entender por «cuerpo enfermo»? Aunque fatalmente una rampante y voraz enfermedad haya acabado con su vida de forma prematura, la enfermedad que este autor parece querer combatir no es tanto física como simbólica. Sus inicios, por ejemplo, marcados por el empleo de ropa militar de segunda mano de la que le interesaba las historias personales retenidas en ella –en forma de zurcidos, manchas, etc–, recuerdan una fascinante instalación de la artista brasileña Adriana Varejao titulada «La habitación de los ecos», y en la que reconstruía a escala real muros en ruina encontrados en un solar de Río, pertenecientes a un viejo hotel recientemente derribado. La intención de Varejao era que las diferentes vidas que habían pernoctado entre esos muros a lo largo del tiempo pudieran escucharse en la manera de ecos sin origen común, sin una esencia y un destino únicos y precisos. Y es que, básicamente, para David Delfín, curar el cuerpo a través del arte consistía en romper con su carácter unívoco y disciplinario, y permitir reconocer su origen múltiple e indefinible, de una densidad cultural desbordante. Su filiación al surrealismo –Magritte, Buñuel, Dalí, Bourgeois– no se explica sino por la voluntad de normalizar en su vocabulario expresivo unos códigos estéticos capaces de redotar al cuerpo simbólicamente, de establecer entre la mente y la carne una comunicación directa que ofreciera la posibilidad de inundar la piel con emociones. Entrevista tras entrevista, David Delfín parecía refugiarse numantinamente en una máxima: «El motor de mi obra son las emociones». Y así fue: desafiar el racionalismo con que la sociedad tardocapitalista ha construido los cuerpos y liberarlos, mediante una «segunda piel» emocional, de una sensibilidad extrema y revolucionaria.

Una despedida en dos palabras

La de Pablo Sáez, su apoyo y amor hasta el último momento, ha sido la despedida más esperada. El fotógrafo publicó en Instagram un emotivo mensaje junto a una imagen con un sinfín de «te quiero», tantos como lo que sentía por el diseñador. Sáez ha convertido sus redes en un homenaje a su novio, como lo demuestra el vídeo que publicaba hace una semana, en el que aparecían las manos de ambos acariciándose.

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