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El futuro de Europa ya está aquí

Tiempo de lectura 4 min.

23 de julio de 2017. 01:00h

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Sobre el futuro de Europa, que ya está aquí, hay tres documentos muy significativos. El primero de ellos, el llamado Informe de los cinco presidentes, publicado en octubre de 2014, con una serie de proposiciones apoyadas por Juncker, de la Comisión; Tusk, del Consejo Europeo; Djisselbloem, del Eurogrupo; Mario Draghi, del BCE, y Martin Schulz, del Tribunal Europeo de Justicia. El segundo, es el llamado Libro Blanco sobre el futuro de Europa, aprobado el 5 de marzo de 2017, en el encuentro que se celebró para conmemorar los sesenta años de la firma del Tratado de Roma, que dio vida a la Comunidad Económica Europea en 1957. Y el tercero, de los estudios en cuestión es el más reciente –31 de mayo de 2017– y lleva por título «Documento de reflexión sobre la profundización de la Unión Económica y Monetaria», conteniendo una serie de detalles de indudable interés sobre las reformas institucionales que se avecinan.

Contextualizando, está claro que es necesario un nuevo marco común en relación con las ya avanzadas uniones fiscal y bancaria con algo que ya tiene su denominación: Unión de los mercados de capitales. Para reducir las diferencias que existen entre los estados miembros a la hora de hacer emisiones públicas o privadas en términos de tipos de interés.

Por otro lado, y ante la posibilidad de una gran crisis en el futuro, se estima que el Mecanismo Europeo de Estabilidad Financiera (MEDE), es insuficiente a pesar de sus 500.000 millones de euros disponibles, por lo que habrá que reconsiderar su aumento.

Otro tema relacionado con el euro es la necesidad de configurar definitivamente el Fondo de Garantía de Depósitos, efectivo y a escala de toda la Eurozona a fin de garantizar las cuentas bancarias de 100.000 euros para abajo, lo cual permitiría resolver ciertas eventualidades sin gravar a los contribuyentes.

Por lo demás, cada vez está más claro que, institucionalmente hablando, todo el espacio financiero de la UE podría coordinarse mucho mejor, con mayor eficacia y eficiencia, si se va a la creación de una Secretaría del Tesoro de toda la Unión. Y muy relacionada con esa nueva figura está la idea de ir a la creación de un «activo económico seguro» en euros, como son los Bonos de Tesorería de EE UU (Treasuries): el título valor más utilizado en todo el mundo para carteras de bancos centrales y de otras instituciones. Europa necesita de un bono de tales características para que el euro sea una moneda definitivamente universal.

También sucede que puede crearse en el futuro una especie de antesala de la globalidad del FMI: un Fondo Monetario Europeo. Que, por cierto, no sería una operación tan novedosa, si recordamos que los países del grupo BRICS han configurado ya un órgano similar.

El peso de la deuda pública es también objeto de inquietud en las esferas de la Unión. Aunque no se hable de ello claramente, ya se desliza dentro de informes y estudios la idea de la reestructuración de la Deuda Pública soberana. Tal vez según el modelo PADRE (Politically Acceptable Debt Restructuring in the Eurozone) propuesto en 2014 por Pierre Pâris y Charles Wyplosz.

En los temas fiscales, también están haciéndose avances importantes desde la creación del Consejo Fiscal de la UE, y la previsión de que pronto puede haber un intento de armonización de algunos impuestos directos, empezando tal vez por el de Sociedades. Debiendo señalarse que ya no se habla tanto de la regla de oro del déficit cero para 2020 en toda la Unión; situándose en primera línea otro tema, al que la Sra. Merkel era muy reacia: nada más y nada menos de una Unión Presupuestaria, todavía sin detalles, pero que tendría implicaciones fiscales muy importantes.

Adicionalmente, en contra de lo que muchos pretenden, la UE no es simplemente un templo de mercaderes y cada vez se aprecia más en los documentos comunitarios: la desigualdad socioeconómica dentro de los países de la Unión ha crecido, como consecuencia de la crisis que se desató en 2008. Lo que conduce a la necesidad de que haya un diálogo social más activo, lo que a su vez lleva a que la UE vaya a disponer de un nuevo pilar, a modo de plataforma institucional, para impulsar los derechos sociales y lograr niveles de distribución más equitativa de riqueza y renta.

En resumen, la Unión no está tan «dejada de la mano de Dios» como algunos apuntan. Y la verdad es que proyectos en curso de realización no faltan. Lo que sí resulta preciso es materializarlos con un énfasis que vaya desde el impulso de los cinco presidentes, a la relación entre los parlamentos nacionales y a la sociedad civil de los pueblos europeos. Sin que sea negativo que de momento vaya a funcionar con mayor actividad el eje París-Berlín (M2= Macron, Merkel); pendientes de conseguir un cuarteto biensonante en el que también estén España (con su alentador crecimiento económico y representando el mercado común ibérico) e Italia, en la idea de que en ella se estabilice su economía y su gobernanza.

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