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El opio del siglo XXI

Tiempo de lectura 4 min.

10 de agosto de 2017. 04:47h

Comentada
Tomás Gómez 10/8/2017

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La llegada del siglo XXI fue también el inicio de una serie de cruzadas que tenían como objetivo una humanidad con menos injusticias. La OMS ha establecido los llamados Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), que constituyen la segunda fase de los objetivos del milenio, que estaban previstos para el año 2015 y que supusieron un éxito parcial, para los más optimistas o un fracaso parcial, para el resto.

Una de las prioridades de Naciones Unidas es reducir la mortalidad infantil y materna evitable. Se sabe que la pobreza de la familia, el nivel nutricional de la madre, o determinados estilos de vida pueden retardar el crecimiento en los primeros años de vida.

El éxito del plan, que se inició con el siglo, fue moderado. Se han realizado esfuerzos sanitarios en la mejora de las condiciones nutricionales y en el tratamiento de las enfermedades infecciosas en los menores de 5 años.

Las medidas emprendidas han mostrado avances a nivel mundial, ha descendido de 380 muertes por cada 100.000 nacidos vivos en 1990 a 210 muertes en 2013.

Algunas autoridades celebraron estos resultados, pero la realidad es que, en el año 2015, 160 millones de niños de menos de 5 años sufrían retraso del crecimiento y 104 millones estaban por debajo del peso que se considera saludable.

La mayor parte de las muertes evitables tienen lugar en los países más pobres. La mortalidad materna en las regiones de menor renta per cápita ha llegado a ser 7 veces mayor que en los países ricos.

Las cifras son aplastantes y deberían ser un lastre en la conciencia de la sociedad más desarrollada.

Pero no es necesario irse al otro extremo del planeta para ver cómo la miseria golpea a los seres humanos. En España, la pobreza severa alcanza a más de 2,5 millones de personas, según la Encuesta de Condiciones de Vida publicada por el INE.

Hacer una reflexión económica, política y ética serena y seria, alejándose de la demagogia, no es fácil. Hay indicadores que describen un mundo injusto, pero hay otros que apuntan a una sociedad éticamente dormida.

El PSG ha pagado más de 200 millones de euros por el fichaje de Neymar. Los defensores de liberalismo radical pueden argumentar que las contrataciones multimillonarias se justifican en el volumen de ingresos que los fichados aportarán a los clubs en publicidad, éxitos deportivos, campañas promocionales y un sin fin de fuentes de ingreso.

Para ser liberales, no tienen en cuenta que esas cifras sólo dan lugar a un mercado de oligopolio, en el que los que participan en esa burbuja inflacionaria destruyen el equilibrio competitivo.

Sin embargo, la sociedad avala tales operaciones, la presentación del jugador fue apoteósica y la noticia hizo que se vendieran miles de periódicos deportivos. Contrasta una sociedad que condena, con sobrada razón, la corrupción, los rescates bancarios o los pelotazos financieros y urbanísticos, porque todos ellos son indicios que señalan que el sistema falla, pero con la industria futbolística se formula un juicio diferente, tras el cuál no hay condena, solo apoyo o absolución en el mejor de los casos.

En algún círculo político, bromeando, alguien afirmó que el fútbol es el opio del mundo desarrollado. Yo no creo que sea para tanto, pero tiene algo que adormece la conciencia moral y hace que, quien se indigna con todo lo demás, se ponga una camiseta de su equipo preferido.

No es el problema más relevante que tiene la sociedad moderna, pero debería ponerse límites a este tipo de transacciones: pagar 222 millones de euros va contra la competencia y contra la moral.

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