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El paciente crónico

Tiempo de lectura 8 min.

14 de mayo de 2017. 07:45h

Comentada
Martín Prieto 14/5/2017

Decía Alfonso Guerra que las primarias las carga el diablo y estas socialistas que se dilucidarán el próximo domingo 21 parecen patrocinadas por una legión de ángeles caídos, en una atmósfera ríspida, nada fraterna, entre los dos principales candidatos, Susana Díaz y Pedro Sánchez, con Patxi López más de corifeo que de tercero en discordia. La bola no sólo está rodando por sacar al PSOE de cuidados intensivos, sino que está en juego el futuro de la ruleta política española.

Para quienes hemos vivido años en el extranjero, la corrupción política que nos horada la cabeza como gota china es un arabesco lateral, pero se convierte en paisaje ominoso si un buhonero como Monedero pide a diario la insumisión, la desobediencia civil, desde una televisora nacional. El «más eres tú» interpartidario invita a la melancolía, pero los estratos de la enfermedad socialista se anquilosan en el primer Gobierno de Felipe González por más que hayamos perdido la memoria a corto o las nuevas generaciones no lean más de catorce caracteres. La Transición no terminó con el referéndum constitucional o las primeras elecciones democráticas, sino con el cuerpo de marea socialista que les dio 202 escaños, casi el doble de los obtenidos por Fraga y su Alianza Popular. La mayoría del país creía necesario un Gobierno de Felipe con las manos libres. Mi amigo se lo había ganado renunciando al análisis marxista y ocupando el centro político. Su primer acto fuera de La Moncloa consistió en acudir a la misa de la temida por alcista División Acorazada «Brunete nº 1» ante el contingente completo de carros. Pero llevaba una china en el zapato. El efímero presidente Leopoldo Calvo Sotelo nos ingresó en la OTAN con calzador en el supuesto cierto de que a nuestras Fuerzas Armadas les convendría oxigenarse con metodologías exteriores y de larga democracia. Desde un año antes de su triunfo, Felipe se abanderó en un antibelicísmo adolescente movilizando masas tras la pancarta «OTAN, de entrada no», tan furibunda que familias dejaron de hablarse. Tras gobernar dos años Felipe había recabado todos los consejos internacionales y asociado la Alianza Atlántica con nuestra incorporación a la Unión Europea. Felipe y Guerra desoyeron los consejos de que se olvidaran del referéndum de salida, dando su palabra por empeñada, pero revolviéndola hacia una consulta defensora de la integración atlántica. Había que ganar el referéndum a toda costa y pagándolo el PSOE y no el Estado. El partido sableó a las empresas públicas y dirigentes principales llegaron hasta Alfonso Escámez que de botones había llegado a presidir el entonces Banco Central y no se atrevía a echar del despacho a más de doscientos escaños: «No puedo daros dinero porque es de mis accionistas. Pero venderme algún informe, aunque sea chungo, para darle un asiento contable». Así nació «Filesa» y otras empresas fantasma que financiaron nuestra permanencia en la OTAN y otorgaron al PSOE el dudoso honor de ser el primer, y hasta ahora único, condenado por financiación ilegal.

Con diferencia nadie en esta democracia ha gobernado tanto (Andalucía es un Régimen) como Felipe González y el PSOE, y su balance es positivo en líneas generales. Tras 14 años perdió la mayoría minoritaria por una corrupción no sé si más extensa pero si de más altos vuelos. La de la sangre de los GAL, un ex ministro y un ex secretario de Estado en la cárcel y con la cúpula socialista aporreando los portones, el Gobernador del Banco de España que firmaba los billetes, la directora de la Cruz Roja, la del BOE, el director de la Guardia Civil y uno de sus generales...El latinajo «in vigilando» cuadra a un PSOE que usó partidistamente los fondos reservados hasta para el patrimonio de una secretaria secretista. ¿Pujol? Eso también viene desde el principio. Felipe me decía entre jocoso y abrumado: «Ahora me toca meter en la cárcel a Pujol, y no puedo hacerlo». Al presidente Rajoy también le falla la gerencia de personal, pero al menos aún no le han metido en la cárcel a un ministro.

La salida de González no pudo controlarla ni con su delfín, Joaquín Almunia, quien elegantemente dimitió en cuanto perdió las elecciones tras un matrimonio de conveniencia con el Partido Comunista. Ni Josep Borrell, desacreditado malamente por los suyos, ni siquiera el «monje negro» Pérez Rubalcaba. Sus escoltas cuentan que cuando José Luis Rodríguez Zapatero, tras una elección peor que anómala entró a La Moncloa dijo a su esposa: «¿Ves, Sonsoles, que en España cualquiera puede ser presidente del Gobierno?». Y decía la verdad. El bienintencionado ZP había pasado 17 años en las Cortes sin emitir sonido y funcionarios de Ferraz no le conocían. Con Trinidad Jiménez de hacedora urdió una Nueva Vía tras los pasos de la Tercera Vía de Tony Blair y le ganó por 9 votos la Secretaría a José Bono. En su primer Pleno confesó a Jordi Sevilla su ignorancia económica. «Eso te lo resuelvo yo en tres tardes». Con Miguel Sebastián al frente de 600 asesores económicos ZP no vio venir la burbuja financiera. Ante periodistas en televisora nacional: «Eso que ustedes llaman crisis no es más que una leve desaceleración financiera que en nada nos afecta ya que tenemos el sistema bancario más fuerte del mundo». No sólo Angela Merkel y Obama intentaron que abriera los ojos, sino que hubo de mediar telefónicamente el presidente chino. La Nueva Vía entró en vía muerta y el PSOE entró en la unidad de vigilancia intensiva de los crónicos.

Pedro Sánchez es otro convencido de que España puede ser gobernada por cualquiera. Con buenos estudios y facha llegó a secretario general, frente a Eduardo Madina, joven vasco mutilado por ETA, pero sin empaque, gracias al apoyo de Susana Díaz. Pero su elección llevaba una cláusula no escrita:el candidato a la presidencia del Gobierno se elegiría aparte y después. Voluntarista «ad nauseam» se designó inmediatamente a si mismo iniciándose la lucha intestina en Ferraz. Es una topadora; nadie como él ha perdido tantos votos en dos elecciones consecutivas, es responsable de que hayamos perdido un año de gobierno en plena recuperación, ha dividido su partido, es de los que perdiendo 10 a 0 pide prorroga, inasequible al desaliento como los falangistas, y si se lo permiten los votos radicalizará lo que quede del PSOE, que es lo que ha pretendido siempre. Si en estas primarias eligen a Sánchez, en las generales estarán votando a Melenchon o a Corbyn.La militancia socialista hará lo que le pete pero el sentido común se inclina por el «susanato» como enfermería de guardia del paciente. El próximo domingo el PSOE quedará muy dañado, incluso con enfrentamientos personales. No está muerto, como dice Valls del PSF, pero harán falta años para recomponer al enfermo como partido interclasista, transversal, socialdemócrata, español, reencontrando la secuencia QWERTY que hace accesible todos los teclados y de la que Felipe fue virtuoso en 1982 tras una asonada. El «no es no» de Sánchez, que sigue en sus trece, es más dañino que la anarquía: es el nihilismo ruso del XIX. La madre de Pagazaurtundua, socialista asesinado por ETA, escribió a Patxi López a cuenta de sus tactos de codos con filoetarras: «Dirás y harás cosas que me helarán la sangre». Se cumplirá la profecía si López suma sus votos al baloncestista que no acaba de encestar.

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