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El paroxismo de Els Segadors

Tiempo de lectura 4 min.

22 de julio de 2017. 02:12h

Comentada
Enrique López 22/7/2017

Una confederación consiste en la unión de Estados que conservan su soberanía y se rigen por determinadas leyes comunes. Este sistema político de relación entre Estados ha tenido muchos ejemplos a lo largo el historia, habiendo desaparecido la mayor parte al convertirse en estados federales, como de hecho ha ocurrido en Suiza, donde a pesar de la denominación, el federalismo es la regla institucional básica. En Estados Unidos el cambio se hizo a través de una guerra civil que los unió al crearse un Estado federal con lealtad a su Constitución. Hoy en día, la Unión Europea está considerada como algo muy próximo a una confederación, al ser una agrupación de Estados soberanos que definen políticas comunes en diversas áreas jurídicas, económicas o sociales y así por ejemplo lo ha especificado el Tribunal Constitucional alemán en la sentencia Maastricht de 12 de octubre de 1993. En cualquier caso, en las modernas confederaciones como la UE, cada estado puede abandonar el club mediante un proceso establecido, de lo cual buen ejemplo es el Brexit, un lento proceso de separación que todavía nos dará muchas sorpresas. Por el contrario, los Estados federales están compuestos por divisiones que se autogobiernan –estados, cantones, regiones, provincias u otras– y que gozan de un mayor o menor grado de autonomía, pero que, en cualquier caso, tienen facultades de gobierno o legislación sobre determinadas materias, distintas de las que corresponden a la administración federal. El estatus de autogobierno, dándose supuestos donde el autogobierno es inferior al que gozan nuestras comunidades autónomas, pero en la inmensa mayoría de las federaciones, y en todo caso en las más conocidas –Alemania, Brasil, Canadá, Estados Unidos, México,etc–, los estados no tienen derecho a separarse unilateralmente de la federación. Dentro de este contexto internacional el proceso frentista de independencia iniciado en Cataluña, además de contrario a nuestro derecho interno e internacional al no tratarse de una colonia, es cuando menos pintoresco y extraño. Si no fuera por los graves problemas de toda índole que está generado a la sociedad española en general, y a la catalana en particular, caería en la definición de extraño –muy distinto de lo habitual, natural o normal y tiene algo de extraordinario o inexplicable que excita la curiosidad y sobre todo la sorpresa–. El problema radica en que algún político confunde sus inquietudes personales, y sobre todo sus necesidades, con las de una sociedad, generando falsos problemas e inquietudes, y alocadas expectativas con tal de poder seguir dedicándose a la política, puesto que en algún caso es la única actividad desarrollada en su vida. Este contexto de ilegalidad y enfrentamiento, además de un alto grado de paroxismo, lo que más aconseja es la unidad y la responsabilidad, además de valor y racionalidad a la hora de utilizar los instrumentos que el Estado de Derecho ofrece para neutralizar el desafío. No puede haber dudas. Tampoco se puede confundir la prudencia con la pasividad, ni la valentía con impulsivas reacciones. Cada acto tendrá su consecuencia.

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