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El síndrome

Tiempo de lectura 2 min.

19 de septiembre de 2017. 00:28h

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Julián Redondo 19/9/2017

Final de verano «interruptus»; el colosal desplome de las temperaturas, como un apagón imprevisto. El edredón que en horas desplaza al aire acondicionado. El otoño invasor y con él las depresiones propias de la estación. Los kilos amasados en el chiringuito; lorzas a punto de reventar y la morenez blanqueada. El decaimiento posvacacional que la parte privilegiada de la humanidad acusa al caerle como una losa el devastador horario laboral. Los días son más cortos, la luz holgazanea entre las nubes y los hábitos convencionales abruman. La «depre». El estrés ocupa el lugar de la plácida siesta en la tumbona con un libro que resbala entre las manos. Once meses de monotonía que algún puente, cumpleaños, onomástica, las vacaciones de Navidad o la Semana Santa mitigan.

La máxima expresión del fútbol releva al torneo veraniego e irrumpe en ese patibulario síndrome otoñal cual revitalizador de pasiones temporalmente clausuradas. Los triunfos del equipo contribuyen al restablecimiento de las constantes vitales tanto como las derrotas a subrayar ese estado de ánimo que navega en el proceloso mar de las lamentaciones. Y en la cáscara de nuez, Ousmane Dembélé. Una pretemporada ceñida al teléfono móvil, demasiado lejos de la banda. La responsabilidad de relevar a Neymar en un club tan exigente y peculiar como el Bar-ça. Veinte años de edad, 140 o 150 millones de coste. Esto sí que es una losa de tamaño colosal. El chico, fibroso, flaco como un alfeñique, con ganas de comerse el mundo y de justificar el precio. Es mucho más lógico que buscar en el césped del Alfonso Pérez el origen de su grave lesión.

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