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El último vecino

Tiempo de lectura 2 min.

20 de abril de 2017. 23:01h

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Abel Hernández 20/4/2017

El 23 de abril de 1979, fiesta de los comuneros, murió en el hospital de Soria Aurelio Sáez, el último vecino de Sarnago. Se cumplen, pues, treinta y ocho años de la muerte oficial de mi pueblo. Nadie acudió a recoger su cadáver, que acabó en la sala de disección de la Facultad de Medicina. En vida no fue una lumbrera, aunque tampoco salió falto. En la escuela aprendió con esfuerzo a leer y a escribir y las cuatro reglas. No necesitaba más. Pronto cogió el garrote. Lo recuerdo como un hombre tosco, desaliñado, de voz grave y oscura, con zahones y una manta de cuadros al hombro tocando la cuerna por las esquinas para sacar la cabrada y conducirla al monte.

El Aurelio era un personaje esencialmente montuno. Cuando llegó lo de la repoblación forestal se ganó el jornal trabajando en los pinos. ¿De qué iba a vivir si no? Por eso resistió. Un día de-sapacible de invierno se presentó, envuelto en la manta, en la casa parroquial de San Pedro Manrique. «Soy el alcalde de Sarnago», les dijo a los dos curas jóvenes que acababan de llegar, y a renglón seguido les advirtió: «Quedamos pocos». ¡Y tan pocos! Él, dos hermanos solterones que también vivían de los pinos y Tomás, el cartero sordo, que aguantó hasta que dejó de llegar correspondencia al pueblo.

El Aurelio no tardó mucho en quedarse solo, alcalde de sí mismo. Resistió lo que pudo, hasta que la cirrosis lo fue minando por dentro. Lo llevaron al hospital. Se repuso algo y volvió al pueblo. Debajo de la cama fue almacenando un rimero de botellas vacías. Acudieron a verlo los dos curas. Encontraron la puerta abierta. «¿Hay alguien ahí?», preguntaron desde el portal. «¡Suba el que sea!», les respondió desde la cocina. El hombre desplegó enseguida su hospitalidad y les invitó a vino en un porrón mugriento y a unas patatas cocidas en un caldero. Todo lo que tenía, el pobre. «¿Hace un trago?», les dijo. Después les entregó la llave del cementerio. «Yo ¿para qué la quiero ya?». Recayó gravemente. La segunda estancia en el hospital duró poco. Aurelio Sáez, el último vecino de Sarnago, murió a los 47 años el día de la fiesta de Castilla y León. Nadie escribió su necrológica, ni siquiera doblaron las campanas a muerto.

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