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El viaje de Sánchez al reino de Taifas

Tiempo de lectura 4 min.

16 de agosto de 2017. 04:26h

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Con un «ya veremos» responden mandatarios adscritos al sanchismo a quien se les pregunta por la recomposición del tablero en el PSOE. A Pedro Sánchez no se le presenta un camino de rosas. Bien lo sabe. La tarea, en una organización afectada por la división interna, con odios personales incrustados en su organización sin visos de arreglo, es titánica. Casi imposible. De ahí que las cábalas sea el runrún de este verano en la casa socialista, además, inmersa en un proceso que desembocará de manera definitiva en otoño en los congresos regionales todavía pendientes.

En paralelo, el equipo del secretario general mira con prevención hacia Andalucía, la Comunidad Valenciana o Aragón, federaciones críticas con Ferraz. Para echar más carne a la menestra preocupan también Castilla-La Mancha y Extremadura, a pesar de la entrega de Emiliano García-Page a Podemos y de la integración de Guillermo Fernández Vara en la dinámica federal. El reto que debe afrontar Sánchez delata su necesidad de imponerse ante las baronías. Sabe que ése es su mejor camino si desea proseguir su mandato sin unos contrapesos, tan molestos, que le dificultarían la mayoría de sus decisiones. El poder teme la competencia y el secretario general está dispuesto a manejar los resortes que dificulten los sobresaltos políticos de elementos incontrolables. Pedro Sánchez llegará a manejar una docena larga de territorios, pero va a tener que aprender a convivir con grandes federaciones a la contra.

De entrada, con la más numerosa, la andaluza. Él ya sabe que tendrá como secretario general «la lealtad de los socialistas andaluces, y la mía, la primera. Sé que esa lealtad la tendrás con Andalucía. Lo único que te pido como secretaria general y como presidenta es que nunca me hagas elegir entre las dos lealtades, porque soy la presidenta de todos los andaluces». El aviso solemne de Susana Díaz, a la cara de Sánchez, en Sevilla, en el cierre del congreso del PSOE-A, promete marcar las ya de por sí difíciles relaciones entre ambos. Gracias al control del aparato del partido y a los estatutos, el renacido líder sabe que a la corta no tiene rival interno posible. De ello se encargó al hacer aprobar en el 39º Congreso Federal cambios importantes en el modelo de partido para «delimitar los papeles» de los dirigentes territoriales y, para muestra, hacer que la militancia por voto directo elija un tercio de los miembros del Comité Federal.

Un cambalache, en principio, efectivo, que deja sin demasiado margen de maniobra a la oposición. Aun así, Sánchez teme chocar con la hostilidad de pesos pesados autonómicos y, sobre todo, una posible dedicación a ahondar en la evolución de la organización como un reino de taifas, con barones replegados en sus plazas pero alzando la voz a diario, y poniendo en duda su liderazgo y la unidad de acción. Si Javier Lambán revalida su condición de secretario general de los socialistas aragoneses, más de la mitad de las bases del PSOE estarán encabezadas por mandamases que se postularon contra Sánchez. Una circunstancia de muy difícil digestión para el líder socialista. Un pulso de una federación que ya demostró la falta de miedo a plantar cara a la nueva dirección del PSOE fue el llevado a cabo por García-Page. Ferraz impuso la celebración de consultas ante su pacto de Gobierno con los de Pablo Iglesias, pero el presidente castellano-manchego logró que éstas fuesen «informativas, no vinculantes». Con ese precedente de rebelión en mente, un veterano dirigente, ahora reubicado a marchas forzadas en el sanchismo, lo explica así: «El temor es que, desde su legitimidad orgánica, algunas federaciones socialistas jueguen desde la periferia a ser otro PSC». En otras palabras, haciendo y deshaciendo sin tener demasiado en cuenta a la cúpula federal.

Sánchez es consciente de que la falta de cohesión interna, el que haya distintos mensajes según el territorio que hable, es decir, la ausencia de un proyecto nacional del PSOE va a ser visto por los ciudadanos como una incapacidad suya. Se va a achacar a su falta de liderazgo. Y, claro, quien no es capaz de poner orden en su propia casa, es muy complicado que pueda infundir confianza a los españoles para que le voten y permitan dirigir la casa común de todos los españoles.

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