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Ellos también comen ostras

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12 de septiembre de 2017. 22:23h

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Pedro Narváez 12/9/2017

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En el relato que sobre la Diada hizo ayer este periódico había un capítulo hilarante por lo certero, no como esas bromitas de los antiindependentistas que más que congelarlos les dan más candela para sus antorchas del miedo. Decía aquí Albert Boadella que cada 11 de septiembre escapa al sur de Francia para huir «de este show repugnante» y que había estado «comiendo ostras», curiosamente lo mismo que consumen los cachorros del «procés», esa masa, más que pija, aspiracional, a la que le gustaría ser en el futuro como los hijos de Pujol pero que quedarán para teclear en una oficina. La «high class» está pendiente del futuro de su dinero, no de lemas absurdos. El dinero es cosa seria, incluso para los que tenemos la suerte de vivir de una nómina. El porcentaje de independendentistas creció conforme las nuevas generaciones salían de las escuelas aprendiendo a sumar a la manera catalana. Les habían enseñado que su tierra era la Tierra con la connivencia de todos los gobiernos de la democracia. Ahora jalean la estelada como a los Rolling Stones o a Lady Gaga cuando actúan en el Camp Nou. Las manifestaciones pueden ser también un botellómetro donde acariciar la épica que nos roba la prosa cotidiana cuando se tiene el estómago lleno. Toda juventud busca su revolución. Y la pretendida rebelión catalana más que la de las sonrisas es la de las ostras. Aprendices de cuperos influidos por los medios de comunicación y la perfecta puesta en escena de un teatro del absurdo. Por algo dramaturgos ejemplares salen de Cataluña, véase de nuevo Boadella.

Los insumisos venden la receta infalible, como un calvo sin remedio se aferra a un crecepelo a sabiendas de que su cabeza estará para siempre desierta. Y a los jóvenes que ansían ser niños bien les ofrecen ostras, igual que a los andaluces nos venden garbanzos los que pasado mañana pidan que también sea considerada nación. Nación de naciones, que entre Sevilla y Triana, la patria de Susana Díaz, o entre Cádiz y Jerez dan para muchas identidades excluyentes. Mientras tanto, esa parte de la muchachada catalana flota en lo que Lipovetski llamaba el imperio de lo efímero, en la moda que llena la época de vacío que nos toca vivir. La moda, tan denostada por algunos, es la disciplina que mejor explica un fenómeno tan complejo. Esa clase media educada en una gran mentira también come ostras o empieza a saborearla con el deseo hormonal de los diecisiete. La desobediencia es una pulsión pija vestida de vaqueros rotos y cortes de pelo de Anna Gabriel. Por eso es tan extraño que los que piden que se levanten los pobres del mundo, como Pablo Iglesias, se sumen al antojo. A no ser que la izquierda también quiera unas ostras. El Estado paga.

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