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Era 1993

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10 de septiembre de 2017. 23:03h

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Era la hermosa primavera de 1993 y, más concretamente, el mes de mayo. En España, vivíamos la resaca del Quinto centenario y la economía estaba embarrancando en una crisis a causa de la pésima gestión del PSOE. Entre unas cosas y otras, apenas mirábamos al exterior. Una pena porque una periodista francesa entrevistó en esos días a Hassán II, el rey de Marruecos. Hassán II tenía mala prensa entre los españoles de a pie por la invasión del Sahara y la captura continua de barcos de pesca españoles. También disponía de su coro de periodistas aduladores que hablaban maravillas nada gratuitas sobre él. En realidad, era implacable y frío, astuto y despiadado, pero muy sagaz. En la entrevista a la que me refiero la periodista le preguntó por la integración de los musulmanes en la sociedad francesa. Hassán II le respondió que era imposible. Cuando la entrevistadora apuntó a si sería por culpa de los franceses o de los marroquíes, Hassán II no lo dudó un instante y respondió que no querrían integrarse jamás. Simplemente, era una cuestión de cultura. Los europeos, según el rey de Marruecos, pertenecían, a fin de cuentas, a la misma cultura y se trataba sólo de cambiar algunos malos hábitos para lograr la integración. En el caso de los musulmanes, esa cultura era tan distinta que la integración nunca tendría lugar. Cuando la periodista, ciertamente desanimada, señaló que lo que el monarca afirmaba era desalentador, Hassán II se limitó a decir que no deseaba engañarla, pero que esa integración nunca se produciría y que los marroquíes nunca serían franceses. Como suele suceder en nuestra asendereada Historia, casi nadie se ocupó de escuchar la voz autorizada de Hassán II y da la sensación de que ni siquiera los atentados de las Ramblas cambiarán esa triste conducta. Sin embargo, como decía Lenin, los hechos son testarudos y los musulmanes, por razones culturales, jamás se integrarán en Occidente. Seguirán llegando a nuestras naciones, continuarán exigiendo vivir de acuerdo con su cultura, protestarán cuando ven que la nuestra no es compatible con la suya, intentarán imponer el Ramadán y, a la vez, proscribir la Navidad, pero no se integrarán. El resultado final serán miles de millones gastados en un objetivo imposible, pero, sobre todo, no deseado por los musulmanes y una creciente fractura social en las sociedades occidentales. Ya lo vio Hassán II. En 1993.

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