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Esas risas nerviosas

Tiempo de lectura 2 min.

17 de septiembre de 2017. 22:13h

Comentada
Julián Cabrera 17/9/2017

Tras la arrancada de Rufián, mamotreto impresor en mano, desde la comodidad de su escaño a 600 kilómetros de Barcelona, Puigdemont y Junqueras no han tardado en tomarle el testigo en su inclinación nostálgica hacia Charlie Rivel y los hermanos Tonetti. Desde el inicio hace cuatro días de su pseudo campaña ilegal, de cara a una consulta ilegal y haciendo un uso de la cosa pública no menos ilegal, el desbocado independentismo catalán parece haberle cogido el gusto al chiste malo y a la carcajada forzada. No parece estrategia, sino un rictus propio de quienes no esperaban ni la contundencia ni la prudencia en la reacción de la parte provocada y se aferran a una poco convincente risilla nerviosa, similar a la dibujada en el rostro de esos boxeadores que contra las cuerdas pretenden convencer al respetable de que los golpes ni les inmutan.

A la frase «que no subestimen la fuerza de la democracia española» le está dando recorrido esa otra de «responder proporcionadamente a cada provocación» y esto es precisamente lo que no acaban de asimilar quienes, instalados en una impunidad que antes les salía gratis, ahora esperaban, o bien una actitud pusilánime del Gobierno en la línea del «9-N», o un Rajoy fiando los problemas a que se arreglen solos y por aburrimiento, la inacción de la Fiscalía o simplemente una poco contundente piña de los partidos constitucionalistas. Calculo erróneo.

Esta vez los resortes del Estado están actuando más que como elefante en cacharrería, como el robot que metódica y quirúrgicamente desactiva pieza a pieza un explosivo, otra de las cosas que exasperan a unos protagonistas de la locura sediciosa que ven pasar los días con cada vez menos conejos en la chistera –el último, la carta De Puigdemont y Colau dirigida a Rajoy y al Rey pero con el Financial Times y BBC como destinatarios– y sin conseguir ese ansiado movimiento en falso desde el Estado que alimente su victimismo. Esperan de las instituciones democráticas ese episodio derivado de un error de cálculo, una pérdida de nervios o una orden mal interpretada que les salve por la campana. Tal vez suene la flauta, pero se antoja difícil que puedan disponer de un Gernika, un Tiananmen o un Millán Astray venciendo sin convencer como imagen que ofrecer al resto del mundo. Se le acabó al secesionismo la temporada de saldos.

No tendrán foto del «estado opresor», eso es todo. Que los mossos asuman «sí o sí» las órdenes de la Fiscalía o que el Gobierno tome el control de los pagos, facturas y nóminas de la Generalidad es tan tremendamente efectivo como nulo como imagen propagandística de los intervenidos. Tampoco tendrán antes de su «1-O» la imagen de un Puigdemont saliendo detenido de Sant Jaume, aunque cabe recordar que, igual que ante el delito de desobediencia se responde con el patrimonio personal, ante el de malversación se responde con pena de prisión y de llegar el caso –que por supuesto nadie desea– ya no estaríamos en el «club de la comedia».

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