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Escritores y cuentistas

Tiempo de lectura 4 min.

21 de marzo de 2017. 03:32h

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En los momentos de crisis siempre hay que confiar en las ideas, o en los hombres con ideas. Por eso el artículo de Puigdemont y Junqueras o Junqueras y Puigdemont en «El País» prometía. O al menos eso pensábamos antes de leerlo. Porque lo que inmediatamente comprobamos es que no incluía nada nuevo: ni propuestas, ni un primer paso de algo, ni siquiera alguna novedad sobre lo ya conocido. Un cuento. Simplemente la petición al presidente del Gobierno de un referéndum acordado como el de Escocia y el Reino Unido, y alguna que otra frase para destacar en un sumario: «Nosotros ya estamos sentados en la mesa del diálogo. ¿Van a tardar mucho los demás invitados? Es más: ¿van a venir? Cuando sea demasiado tarde, por favor, no nos miren a nosotros». Pues no.

El independentismo no está sentado en ninguna mesa. O por lo menos no en una mesa de diálogo. No ha dado pasos para un entendimiento. A la vista están las recientes y venideras condenas por vulnerar las leyes. Exactamente lo contrario de lo que argumentan cuando analizan el referéndum entre Escocia y Reino Unido. Por supuesto de eso no hablan, como tampoco de las manifestaciones de este fin de semana donde tantos catalanes han salido a la calle para defender otra idea, bastante clara, de que quieren seguir dentro de España.

Pero como el Gobierno no quiere ya perder un minuto con propuestas y artículos confusos, ha rechazado la posibilidad de llegar a un acuerdo para la celebración de un referéndum en Cataluña a semejanza de lo ocurrido en Escocia pues –aseguran en un comunicado a la agencia Efe– ni el Gobierno ni el Parlamento español pueden negociar algo que corresponde al conjunto de los españoles. Las leyes de nuevo.

He de reconocer que, esta vez, me ha sorprendido la certera reacción de la oposición. Tanto el portavoz de la gestora del PSOE, Mario Jiménez, como Alfredo Pérez Rubalcaba criticaron la propuesta literaria del presidente y vicepresidente de la Generalitat: «Pedir diálogo cuando se está cambiando el reglamento del Parlamento de Cataluña para aprobar una ley de desconexión exprés (...) es una forma peculiar de reclamar diálogo». Y Juan Carlos Girauta, portavoz de Ciudadanos en el Parlamento ha recordado alguna de las trampas que la comparación inglesa incluía: «El artículo postula un paralelismo imposible histórica y constitucionalmente: Cataluña como Escocia y Reino Unido como España. El Tratado de la Unión permite el proceso escocés. Nada similar sucede en España».

Pero lo que unos y otros ven es un deseo del independentismo de buscar una salida a sus promesas. Es ahí donde el Gobierno debe mostrar inteligencia para buscar una salida que no sea la inhabilitación o la cárcel. Por eso el anuncio de que esta semana Rajoy va a viajar a Cataluña para poner en marcha reformas de gran calado en sus infraestructuras es una buena noticia. Porque aunque a algunos clamen por castigar a la traidora Cataluña, el papel del Gobierno no puede ser otro que apoyar a los catalanes y proporcionarles una mejora, no sólo en el corredor mediterráneo, tan necesario también para las exportaciones, sino para dejar constancia de que las inversiones no se recortan a pesar de la desastrosa gestión que la Generalitat y los partidos que la sustentan están llevando a cabo desde hace meses. No hay más que leer los poco sospechosos titulares de la prensa catalana para comprobar hasta dónde se hace necesaria la presencia del Estado y sus instituciones en Cataluña. Desde la Educación hasta la Sanidad. Y es que los catalanes necesitan menos cuentos y más soluciones.

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