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España es y debe ser

Tiempo de lectura 4 min.

19 de marzo de 2017. 22:10h

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España no es un país en construcción, ni un proyecto inacabado, pero no hay duda de que hay algunos muy interesados en mantener viva esta imagen, porque este contexto de permanente crisis, así como de permanente definición de lo que debe ser, se convierte en el instrumento para su supervivencia política, al carecer de una idea propia y de un discurso que no sea el negacionista. En este escenario, el derrotismo y la crítica es el leitmotiv de su actuación política, la reivindicación de una total trasformación del status constitucional su ideario, el mero anhelo del arrumbe de todo lo construido el combustible de su ideología, pudiéndose resumir su slogan en un nuevo sistema político para un nuevo hombre. Por el contrario, la realidad es algo que se impone día a día, y España no solo es una realidad histórica, cultural y sobre todo política que no necesita de reivindicación alguna para su reconocimiento internacional, como tal, es un país plenamente construido en todas sus dimensiones, un país con tanto pasado como presente y futuro, y lo único que cabe es creer en ello, para que a través del esfuerzo colectivo, se sitúe en el escenario junto a las grandes naciones del mundo, especialmente en Europa.

Está circulando por internet un video en el proponen tres preguntas, –de qué país es la primera moneda aceptada en todo el mundo, en qué país se inventó el primer traje de astronauta, y cuál es el país con más reservas de la biosfera del mundo, ante las cuales los entrevistados se afanan de buscar cualquier nación que no fuera España, mostrando una gran sorpresa cuando les dicen que a las tres preguntas la respuesta es España. También circula una historia en modo de chiste en la que se dice que cuando oigas a alguien hablar mal de Francia será un inglés, cuando oigas a alguien hablar mal de Alemania será un italiano.... y cuando oigas hablar mal de España será un español. Son dos historias que analizadas conjuntamente presentan a España como el país de la indolencia, por un lado, y del cainismo por otro, adoleciendo de una falta de orgullo patrio o, en otras palabras, falta de valoración y compromiso con el plan colectivo. Pero creo que el problema es que se confunden dos términos, el patriotismo y patrioterismo; este último es la creencia narcisista, próxima a la paranoia y la mitomanía, de que lo propio del país o región al que uno pertenece es lo mejor en cualquier aspecto, mientras que el primero, el patriotismo, es un pensamiento que establece un lazo entre un individuo con su patria, nación o estado, generando una vocación de lealtad basada en unos determinados valores, afectos, cultura e historia, y que a la vez insta a un orgullo por pertenecer a este ente colectivo, claramente diferenciado de los demás. Quizá lo que ha ocurrido es que en España se ha dado un excesivo patrioterismo en algunos, junto a un centrípeto desapego de otros que también han caído en el patrioterismo de su terruño, perdiendo de vista la trascendencia universal de la que se ha dotado España hace muchos siglos.

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