Política

Fiscalidad contra natura

La Razón
La RazónLa Razón

Un cuarto de los andaluces que trabaja lo hace por cuenta de alguna de las cuatro administraciones del Estado, la central, la autonómica, la provincial o la municipal. Lo de «que trabaja» es un decir, en muchos casos. Más de medio millón de asalariados del sector público que han de sumarse al tercio largo de paisanos en edad laboral que cobra un subsidio mientras busca una solución a su problema o la aguarda tan ricamente en casa, que de todo hay. Con semejante pasivo, es imposible que mengüe la presión fiscal confiscatoria que padecen los contribuyentes netos que en algunos casos, según denuncia el Consejo General de Economistas en su informe anual, es más de mil veces superior a la que se goza, por ejemplo, en Canarias. La desmesura de la cifra traslada el asunto, literalmente, a la esfera de lo inconcebible; tanto, que el idioma español carece de un término para definir esa multiplicación por tres ceros (en realidad, por 1.200), que es como decuplicar por cien o centuplicar por diez. No hay palabra para definir al progenitor que sobrevive al hijo, disparate conceptual que desde el punto de vista lingüístico resulta tan antinatural como la fiscalidad andaluza, cuyo botín se emplea en alimentar al rebaño de fieles votantes y en sufragar francachelas varias, la de ayer concretamente en loor a la Camarada Número Uno, quien todavía medita si emprender o no su Gran Marcha. Lo que era visto como un estrecho Rubicón parece ahora un caudaloso y encabritado Amazonas que amenaza con tragarse las ambiciones... El estruendo de la trompetería ha amainado e incluso los más entusiastas muecines, que predican aquí cerquita, han modulado el tono bramante de su voz. Ya se llama pan al pan y duda a la duda, que hasta anteayer era un «magistral manejo de los tiempos».