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¿Hacia un nuevo «pacto del Betis»?

Tiempo de lectura 2 min.

19 de abril de 2017. 03:52h

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Abel Hernández 19/4/2017

Ayer tarde, tras establecer las reglas de juego, ajustar las cuentas y fijar el censo con los tres candidatos en la sede de la calle Ferraz, el PSOE inició formalmente la campaña para elegir al líder del partido y la posición del socialismo democrático en el tablero político. Del resultado de esta elección el próximo mes de mayo depende en buena manera el rumbo de la política española, tras observar el creciente desquiciamiento de Podemos, que se está convirtiendo en un esperpento político y un peligro público. Lo del «tramabús» es mucho más que una provocación. Es la prueba de que Pablo Iglesias, ese iluminado con coleta, está dispuesto a agitar la calle por todos los medios para cargarse el actual sistema democrático. La consigna parece clara: o yo o el caos. Como en Venezuela. Ante eso, sólo el Partido Socialista puede salvar lo que de honorable y estabilizador hay aún en la izquierda. Menos mal que las circunstancias no favorecen ya a los podemitas. Perdieron su oportunidad de «tocar el cielo» con la crisis. Observando el paisaje de esta Semana Santa, España está pasando de la depresión a la euforia.

La reelección de Pedro Sánchez al frente del partido centenario produce inquietud en las mejores cabezas del PSOE, en los mercados y en el sector más ilustrado de la opinión pública. Sería un retroceso imperdonable. Pero no es descartable. De hecho es el que más dinero ha recaudado para la campaña, que se presenta incierta y a cara de perro. Esto ha hecho que influyentes personajes del partido piensen en la conveniencia de establecer un nuevo «pacto del Betis», como el que acabó en el congreso de Suresnes de octubre de 1974 con la vieja guardia encabezada por Llopis y consagró al joven Felipe González. Entonces funcionó el eje Bilbao-Sevilla, con buen resultado. El acuerdo de los andaluces, con Felipe y Alfonso Guerra a la cabeza, con los vascos Nicolás Redondo y Enrique Múgica, respaldados por el núcleo madrileño de los Solana, Pablo Castellano y Gómez Llorente, llevó en poco tiempo al PSOE al poder y lo convirtió en fuerza política decisiva. Un vasco, Ramón Rubial, ocupó la presidencia, y un andaluz, Felipe González, la Secretaría General. Reparto perfecto. Ahora se pide algo parecido: Patxi López se quedaría con la presidencia del partido y Susana Díaz con las riendas en Ferraz. Eso exige un pacto entre la andaluza y el vasco en el momento oportuno. Hasta ahora lo único seguro es que hay quien está trabajando en ello sin dar cuartos al pregonero.

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